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Quien te dice “pasas demasiado tiempo en las redes”, pasa mucho tiempo mirando qué haces tú en las redes.

Lo escribo porque me ha pasado y como lectura de un comportamiento común.
Deberíamos tener más pudor, como el que se encuentra a un familiar en un prostíbulo y decide no contar nada, porque el hecho de acusar a otro le acusa a sí mismo de haber estado allí.

¿Paso mucho tiempo en las redes? Sí, todo el que quiero y, además, me quejo de que apenas tengo tiempo para mí. Y ambas cosas son ciertas. Las redes quitan todo el tiempo que tú dejes que te quiten. No puedo decir el número de veces que entro a mirar twitter o facebook – más el primero que el segundo – pero son bastantes. A veces, incluso muchas. Pero yo decido cuándo es suficiente. Si abro una app. a las 12 y otra vez a las 12:30 y luego a las 15:00, no significa que lleve tres horas conectada. Y, si fuera así, sería sólo problema mío.
Antes – y ahora en algunos casos también – ese tiempo se le dedicaba a la tele, pero tú podías contar cualquier milonga como “he estado todo el día limpiando/estudiando/trabajando/cocinando” o cualquier otro gerundio socialmente aceptado, y todos contentos. Porque la televisión no tiene un chivato que indique cuántas veces la has encendido ni cuándo fue la última conexión. Y, de tenerlo, quedaría en casa, no en los dominios de cualquier otro ser con el mismo equipo.

Mi querida @PinkyGrace, a quien más quiero mientras más conozco, contaba que ella trabaja enfrente del ordenador. Es tentador, claro. Es, además, autónoma y tiene abiertos los documentos necesarios para su trabajo y el Twitter. Publica muchas cosas y hay calidad en sus tweets. Y trabaja, y tiene familia, y sale a la calle… ¡Menuda loca irresponsable esclava de twitter! (Aclaro, por si acaso, que la frase anterior es una ironía). Yo a veces estoy estudiando y me estoy tomando un té. Coger la taza me distrae. ¿Lo veis? No hay pecado, somos personas activas y trabajadoras.

Lo malo, paradójicamente, de las redes es que son públicas. Lo de ajustar la privacidad tiene sus límites y es que sólo Whatsapp lo ha sabido hacer hasta ahora, dejando que elijas si quieres que se vea tu última conexión o no. Ídem con el famoso doble check azul, que ya también puedes decidir si quieres que se muestre cuándo has leído un mensaje o no. Whatsapp, que llegó la última y se ha puesto la primera, ha visto necesarias estas opciones porque somos unas incorregibles viejas del visillo.

¿Cuándo decirle a una persona que pasa mucho tiempo en las redes? De muy pocas veces a nunca.

– Si una persona tiene un comportamiento obsesivo o perjudicial y tienes confianza con ella, puedes recomendarle otras aficiones, sugerirle que puede estar perdiéndose una parte muy bonita de su vida por vivir tan de lleno la vida virtual. Puedes recomendarle que visite a un especialista, pues es cierto que puede ser adictivo. Pero, seamos coherentes, díselo en una visita a su casa, y no en un mensaje privado desde tu móvil.

– Si lo que pasa es que escribe con mucha frecuencia y a ti te parece demasiado. El problema es más bien tuyo. Elige entre tantas opciones que te ofrece la intranet y opta por la que más te convenga:

  • En Facebook: ocultar una publicación en concreto, ver menos publicaciones de esa persona en particular, dejar de seguir o dejar de ser amigos. ¡Ey, que la vida sigue! El unfriend en Facebook no significa enemistad en la vida real.
  • En twitter: silenciar, desactivar retweets, dejar de seguir, y bloquear. E incluso block-desblock si lo que quiero, además, es que no me siga a mí.

Pues con todo ese abanico de opciones, todavía hay quien cree tener la potestad de decidir cuándo has escrito mucho, o has compartido muchas publicaciones de otros, o has hablado mucho de un mismo tema. ¿Por qué tanta impertinencia? ¿Por qué tanto disfraz de Pepito Grillo?

Asumo que soy activa en redes sociales, porque me divierto. Admito que algunos comportamientos denotan carencias. Y las tengo, claro, vivo sola desde hace tres años, mi familia está a 80 kilómetros, mi pareja a 400 y mi mejor amiga a… no sé cuántos kilómetros queda mi sofá del pueblo de Alemania adonde se fue hace más de año y medio a buscarse la vida. Pero suplo esas carencias de manera inteligente. Trabajo, tengo un blog, dibujo, escribo, leo, preparo clases, corrijo, estudio oposiciones, y preparo el C2 de inglés de forma autodidacta, hago deporte, salgo a tapear… pero eso no se proyecta, porque de eso ni siquiera hay nadie pendiente. Por eso, aunque lo saben, hay quien se pone en alerta y te dice: “Esta mañana no has hecho nada, ¿eh? Que he visto en Instagram que has desayunado en El Churro Grande”.

Y, perdona mi arrogancia si, con todo eso superado, me creo con la superioridad moral de decirte que si tienes ese comportamiento obsesivo por controlar la vida de los demás, el problema, las carencias y la obsesión por las redes sociales, amigo mío, todo eso lo tienes tú.


“15 minutos en el microondas”. MicrowaveClock

Pronto estará lista mi lasaña. Le quito el envoltorio, la pongo en el micro, giro la rueda y…

Por lo que sé, no soy la única que aprovecha los eternos minutos del microondas para hacer otras cosas. Es como la leche en un cazo, que hierve sólo cuando no la miras.

Aquel día, decidí dar un paseo. Me puse la sudadera de sacar al perro y allá que nos fuimos Schwarzenegger y yo a dar una vuelta por el barrio. Salíamos a horas inesperadas y sólo nos cruzábamos con esa gente malvestida a la que conviertes en sospechosa hasta que le ves el perro. Schwarzenegger sabía pasear sin incordiar a los demás viandantes, pero ese día se fijó en alguien y yo también.

– Me llamo Andrea. – Dijo mientras nuestros perros se olían los culos.

Pensé que, si no eres famoso, no tienes por qué tener nombre de chica. Andrea era un chico con el pelito largo y una perrita gorda que en verdad sólo está entradita en carnes, porque su raza es así. Pero a Schwarzenegger parecía encantarle. Se llamaba Lulú. No se complicaron mucho. Deseaba que me contara que el nombre lo había elegido su hermana pequeña. Por miedo a que no fuera esa la respuesta, no le pregunté por el nombre de su perra, al igual que no le pregunté por el suyo.

El cortejo entre Lulú y Schwarzenegger fue fácil. Entre Andrea y yo también, aunque un poco más lento. Al tercer día de coincidir y mirar con dientes largos cómo nuestros perros se revolcaban, se mordían, se ladraban y se montaban, los invité a casa.

Hace meses que nos despertamos los unos a los otros a lametones en la misma cama.

Lulú y Andrea se saben mis costumbres y cada rincón de mi casa. Andrea y yo procuramos hacer algo diferente al menos dos días a la semana para no caer en la rutina. La convivencia es agradable. Ha incluido objetos suyos en la decoración de mi casa. Le gusta cocinar, lo que ha hecho que libere mucho espacio en el congelador de mis precocinados.

Hablando de cocinar, ¿cuánto le quedará a la lasaña que tenía en el micro?


índiceLo que voy a contar a continuación no es nuevo para mí, pero puede que resulte un tanto particular.

Hace tiempo que estoy a la mira de todo lo relacionado con el tiempo.

La medición de los acontecimientos es algo que me fascina. Quien me conozca de verdad, sabe que tengo un cálculo específico para según qué cosas. Así pues, han sido sonadas mis muchas respuestas a la pregunta ¿Cuánto se tarda?. Hago muy buenas aproximaciones para averiguar qué hora es a cada instante, pero no soy buena calculando cuánto se tarda en hacer alguna cosa o cuánto tiempo llevo haciéndola.y-como-pasa-el-tiempo-a19132877

De esta manera, fui creándome mis medidas y aportando datos como que, mi primer año en el mundo laboral, tardaba 5 canciones en llegar al trabajo en coche, que de mi casa a la tuya tardas lo mismo que el autobús en hacer un recorrido con dos paradas, o cuando un Manu significaba dos semanas, expresión tomada de la frecuencia con la que mi hermano veía a un amigo suyo.

Es tal la fijación, que me he fijado en cosas como que el tiempo pasa mucho más lento en los centros comerciales y más rápido de 19:00 a 21:00 en casi cualquier lugar, que los 20 primeros minutos de una película se cuentan más lentos, que las luces automáticas de los servicios públicos están medidas con un pis muy corto y que la medida de toda una vida es tan ambigua como personal.

Hasta aquí tiempo_manage_0812es todo relativamente normal, pero en los últimos años he ido más allá. Alguna vez leí, y otras tantas escuché, que el verdadero amor dura tres años. Algo en lo que no creo. Primero había que saber qué es el amor. Eso me hizo pensar en cuánto me duraban a mí las relaciones. Cualquier relación afectiva me marca por mucho tiempo si se mantiene durante dos años. Puede que después de ese tiempo la relación haya cambiado, pues siento que tiene 2 cumpleblog tejedoramucho que ver con la evolución personal de cada uno. Pero si consigue llegar a cumplirlos, esa amistad ya tiene su sello en mi vida para siempre. Las que no, afortunadamente se disuelven en cuestión de meses, puede que una estación. Supongo que hace falta ese lapso para conocer de verdad a una persona, pasada la fase del agasajo. Hace exactamente 4 años que me di cuenta de esto. Lo hablaba con un amigo que dejó de serlo al año. Él me decía continuamente que nuestra amistad era muy especial, que sentía que iba a ser para toda la vida. Ahí fue cuando, de manera espontanea, le dije: “Si es real, durará al menos dos años.” No lo fue. Lo que me sirvió como una de las pruebas más ciertas sobre este hecho, al confirmarse que esa persona nunca ha vuelto a ser importante para mí.

Con esto no quiero decir que personas que han pasado un instante por mi vida no sean importantes, sino que la fuerza de la permanencia les da una posición más elevada y positiva en mi recuerdo. Son estas las personas con las que sé que me reencuentro y estoy a gusto. Para las que sé que también tengo un sitio.

Dicho esto, una de las confesiones más íntimas que he escrito y hecho públicas hasta ahora (más incluso que Rarezas), os dejo una reflexión que leí hace tiempo:

Para entender el valor de un año, pregúntale a algún estudiante que perdió el año de estudios. Para entender el valor de un mes, pregúntale a una madre que dio a luz a un bebé prematuro. Para entender el valor de una semana, pregúntale al editor de un semanario.
Para entender el valor de una hora, pregúntale a los amantes que esperan para encontrarse. Para entender el valor de un minuto, pregúntale a una persona que perdió el tren. Para entender el valor de un segundo, pregúntale a una persona que por un pelo evitó un accidente.
Para entender el valor de una milésima de segundo, pregúntale a una persona que ganó una medalla de plata en las olimpíadas.



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