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Desde que Andrea y Lulú se instalaron en casa, tenemos las tareas muy bien organizadas.
Hoy vamos a ver una peli y nos toca ir a comprar para hacer palomitas. “Para hacer palomitas”, que no es lo mismo que “palomitas para hacer”. A raíz de la llegada de mi amor y el de Schwarze, el microondas y mis precocinados han quedado en un segundo plano. Así que nos dirijimos a un granero donde compramos el mejor maíz de la zona. A Andrea le gusta poner la sartén y pararse a escuchar cada “pop” en la tapa de la olla. Desde el principio me propuse no cuestionar a un chico con un nombre como el suyo y le dejo hacer. Él mira a los fogones atentamente, yo le miro a él y Lulú mira cómo la oreja derecha de Schwarzenegger da saltitos a cada explosión de maíz.
De vuelta a casa, por la autovía, disfrutamos del paisaje con la ventanilla bajada. El aire acondicionado del coche no funciona, como todas las cosas que se averían en verano. Hemos tenido que bajar la ventanilla para hacer tolerables los 42º que están cayendo hoy. Tengo dos camiones delante y no estoy muy segura de quererles adelantar. Para cuando me decido, ocurre una de las escenas más irritantes: el camión que tengo delante, se dispone a adelantar al otro en plena rampa. Yo quedo justo detrás de él, reduciendo velocidad y cambiando las marchas forzosamente. Inspecciono… Intento entender de camiones y sólo sé que llevan carga…
Oigo un estallido. Lo único que faltaba ahora es que a alguno de los tres se nos pinchara una rueda. Otro estallido, uno más… para cuando me quiero dar cuenta, las palomitas se estaban haciendo en el regazo de Andrea del calor tan inmenso que hacía.
Todo se paraliza, los camiones se han venido abajo en la cuesta y me llevan a 50, mirando magnetizada las placas que indica que son articulados, con una fila de coches a mi espalda y otra a mi derecha, me siento como en un cine de verano, de esos que salen en las películas. Empiezo a dar rienda suelta a mi imaginación y personifico los vehículos inventándome que son amigos que se han encontrado y pasean juntos, como cuando Andrea y yo nos estábamos conociendo, y caminábamos uno al lado del otro dándonos conversación.
Pero la realidad supera a mi imaginación cuando las ventanillas de ambos camiones, las que quedan una enfrente de otra se bajan y aparece una mano desde la izquierda. Acto seguido, esa mano se encuentra con otra que sale del otro camión. Los dos conductores siguen su camino agarrados. Y, en mi coche, el calor provoca estallidos que simulan fuegos artificiales celebrando la unión, mientras nos llueven flores blancas, que desmenuzo intrigada por saber cómo acabará esta película.


“15 minutos en el microondas”. MicrowaveClock

Pronto estará lista mi lasaña. Le quito el envoltorio, la pongo en el micro, giro la rueda y…

Por lo que sé, no soy la única que aprovecha los eternos minutos del microondas para hacer otras cosas. Es como la leche en un cazo, que hierve sólo cuando no la miras.

Aquel día, decidí dar un paseo. Me puse la sudadera de sacar al perro y allá que nos fuimos Schwarzenegger y yo a dar una vuelta por el barrio. Salíamos a horas inesperadas y sólo nos cruzábamos con esa gente malvestida a la que conviertes en sospechosa hasta que le ves el perro. Schwarzenegger sabía pasear sin incordiar a los demás viandantes, pero ese día se fijó en alguien y yo también.

– Me llamo Andrea. – Dijo mientras nuestros perros se olían los culos.

Pensé que, si no eres famoso, no tienes por qué tener nombre de chica. Andrea era un chico con el pelito largo y una perrita gorda que en verdad sólo está entradita en carnes, porque su raza es así. Pero a Schwarzenegger parecía encantarle. Se llamaba Lulú. No se complicaron mucho. Deseaba que me contara que el nombre lo había elegido su hermana pequeña. Por miedo a que no fuera esa la respuesta, no le pregunté por el nombre de su perra, al igual que no le pregunté por el suyo.

El cortejo entre Lulú y Schwarzenegger fue fácil. Entre Andrea y yo también, aunque un poco más lento. Al tercer día de coincidir y mirar con dientes largos cómo nuestros perros se revolcaban, se mordían, se ladraban y se montaban, los invité a casa.

Hace meses que nos despertamos los unos a los otros a lametones en la misma cama.

Lulú y Andrea se saben mis costumbres y cada rincón de mi casa. Andrea y yo procuramos hacer algo diferente al menos dos días a la semana para no caer en la rutina. La convivencia es agradable. Ha incluido objetos suyos en la decoración de mi casa. Le gusta cocinar, lo que ha hecho que libere mucho espacio en el congelador de mis precocinados.

Hablando de cocinar, ¿cuánto le quedará a la lasaña que tenía en el micro?



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