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El pasado mes observé que en la playa de Quarteira no se hace topless. En Portugal  y en España no hay una ley que lo prohíba, pero sí un acuerdo no verbal que hace que no saques las tuyas a pasear si no hay otras tetas al aire antes. Cuál es mi sorpresa cuando, al pasar unos días en Almuñécar veo que tampoco se hace topless ya. No es algo tan explícito como en Quarteira, pero es bastante evidente que algo ha cambiado.

Corría el año 2010 la primera vez que lo hice yo estando con gente. Pasaba unos días con unas nuevas amigas que, según pisaron la arena, se fueron quitando la ropa y se remetieron la parte de abajo del bikini por arriba y por los laterales. Yo hice lo mismo, era mi primera escapada con ellas y no quería parecer rarita. Aunque me sentía más cómoda si me “vestía” para bañarme y luego me volvía a quitar el top para secarme en la toalla.

Año 2011. Tenerife. Aprovechamos que nos aceptan en un curso becado y nos quedamos una semana más. Las chicas que conocemos de allí hacen topless siempre y llevan tanga a la playa. Nos llevan a bañarnos al mar, al que se accede bajando una escalera metálica – como de piscina – desde una calle empedrada con casas en la otra acera. Pasan coches y personas y mis amigas están en tanga. Nadie mira, nadie sexualiza. Es divertido y natural.

Año 2012, conozco a persona nueva que me acompaña y me anima a quitarme el bikini siempre que me dé la gana sin estar pendiente de si en esa zona hay más mujeres que lo hacen. Es liberador.

Año 2018. Por motivos personales-profesionales, decido no hacer topless a menos que sea en una playa poco concurrida (donde además vea tetas), o alejada de lugares donde me puedan conocer o en una cala perdida. Conclusión: no hago topless.

Este año he visto más niñas pequeñas con el bikini completo que antes. He visto cómo la moda impone de nuevo el bañador (después del trikini) con mucha tela. Incluso bañador tanga (porque el culo sí está bien visto), pero con una buena cantidad de tela cubriendo pecho y espalda. Trajes de baño de diseño, de colores vivos, con volantes, con flecos, o  con algo original escrito para fomentar una moda beachwear y estar a la última también en plena naturaleza. A sabiendas de que esta frase me hace mayor, me atrevo a decir que yo no conocía más beachwear que una camiseta vieja y la toalla al hombro.

Y es este mismo año cuando Aitana Ocaña  (19 años, finalista de #OT2017) ve la necesidad de explicar que no estaba haciendo topless en una foto con sus amigas cuando la mayoría de los comentarios que recibe tras su publicación son reprobatorios, porque “¿cómo se te ocurre”, Aitana?. De alguna manera, ella siente el compromiso de dar una explicación y así lo hace. Aclara que sólo se desabrochó la parte de arriba para que se viera la foto más bonita,  que de todos modos no se atreve a hacer topless desde que es tan conocida y que sólo son unas “tetas con sus correspondientes pezones”. Pero claro, es que hemos crecido con una revista (ya retirada) que exhibía tetas como reclamo en su portada y escuchando a otros debatir sobre si la portada de ese mes era un robado o era un posado y juzgar a la protagonista en función de la resolución. Con la llegada de la cámara digital, y más estando desde hace años incorporada a nuestros dispositivos móviles, el riesgo de ser fotografiada y, a consecuencia, la sensación de pérdida de intimidad es aún mayor.

La censura en redes sociales es tan ambigua como extrema hoy día y nos encontramos con que no puedes subir un desnudo, un culo y mucho menos una teta porque te borran la foto (como poco) y te cierran la cuenta. Especialmente si tienes una cuenta pequeña, que para todo hay clases. Puedes subir cualquier tipo de foto desagradable, puedes subir un animal reventado, un vídeo violento… pero un pezón femenino, ¿¡cómo se te ocurre!?

Al hilo de lo que digo he visto varias protestas y aquí van mis favoritas:

  • fa416a99e23091bf527a67c6fdab11a3La camiteta (click para ver más): Una camiseta con tetas dibujadas a modo de garabato y otra que manifiesta la censura con dos equis en los pezones. Que bien puede representar el símbolo con el que algunos tapan pezón femenino en redes o el esparadrapo que algunas chicas se ponen cuando no llevan sujetador para que no se les marque el pezón (sí, hija, sí…).
  • The Tata Topimagesun bikini top sin relleno y con pezones y colores realistas que a simple vista hace que parezca que no llevas nada. Y no es tan sólo una marca, es todo un movimiento en contra de la censura del pezón femenino. Recomiendo seguir su cuenta de Instagram, en la que – además de exhibir la prenda – publicaron la experiencia de una mujer a la que denunciaron sus vecinos por tomar el sol en su jardín sin la parte de arriba. Cuando llegó la policía a su casa, les abrió con el TataTop y ganó la batalla.
  • mannipsEl movimiento #FreeTheNiple -cuyo hashtag utilicé en una foto sin pezones en Instagram y me advirtieron de que sólo con eso me podían denunciar la publicación -, que lucha en contra de los tabúes legales y culturales que tienen al pezón femenino en su punto de mira.
  • Captura de pantalla 2018-09-02 a las 20.21.59El anuncio argentino explicativo sobre la autoexploración para la detección temprana del cáncer de mama que utiliza a un hombre con el torso desnudo porque mostrar el de la mujer sería inmoral.
  • La noticia falsa (que no he logrado encontrar) de una app para superponer un pezón de hombre sobre una foto que exhiba los pezones de una mujer con el objetivo de que no sea retirada. Incluye varios ejemplos de lo absurdo, ya que la mera areola y el pezón masculino propuesto, sabemos que es masculino porque alguien nos ha dicho que lo es. Y porque las fotos con un pezón de pega son, cuanto menos, absurdas, como lo es esta censura.

Tetas, no son más que tetas con sus correspondientes pezones, sin embargo, sospecho que nos queda mucha lucha. La censura – que da lugar a la autocensura de quienes nos creemos mujeres libres – senos ha ido de las manos.


Anoche me acosté con una noticia extraoficial y osada que afirmaba que hoy iba a ocurrir una tragedia enorme en un lugar que ya ha sido escenario de algo terrible en varias ocasiones. Por un lado, iba a morir una chica. Por otro, iban a morir miles de personas.

Madrugada del día 27 de julio de 2016. Como no me duermo, ojeo Twitter. Son las 3 de la mañana y alguien retuitea un tweet con mucha repercusión en el que una chica analiza uno a uno los gestos sospechosos de la youtuber británica Marina Joyce. Hasta la fecha, no había oído hablar de ella y no me habría interesado lo más mínimo si no fuera por el análisis exhaustivo de la tuitera española (paso de darle repercusión) y los comentarios que seguían a sus tweets.

¿Quién es Marina Joyce?  No me la voy a dar de experta, ya que no hace ni 24 horas aún que oí hablar de ella por primera vez. Es una vloguera de moda y belleza que, como muchas, enseña sus vestidos, explica su rutina de maquillaje y responde a las preguntas de sus seguidores.

¿Cómo empezó el lío? No sé muy bien quién lo empezó, pero es evidente que ha habido un efecto dominó hasta en las más absurdas de las creencias. Sus subscriptores empezaron a notar un cambio de actitud bastante obvio en sus publicaciones. Algunos dejaban comentarios del tipo: “¿Estás bien?” En sus últimos vídeos (todos terriblemente editados) ha aparecido con la mirada perdida, pestañeando con mucha frecuencia, cambiando el gesto de la alegría a una aparente tristeza, cambiando de un tema a otro o repitiendo las mismas frases una y otra vez. Por si no fuera poco, aparece con grandes moratones, también indiscutibles, en brazos y piernas.

¿Qué ocurre en las redes? La noticia salta a Twitter e Instagram, donde Marina también tiene cuenta y sus seguidores empiezan a especular y a comentar entre ellos que posiblemente actúe en contra de su voluntad. Es así como comienzan las peticiones a modo de reply diciéndole: “si necesitas ayuda haz tal o cual cosa”. La expectación aumenta cuando algunos de las peticiones coinciden con sus gestos habituales como “haz un corazón con las manos” o “pon un gatito en tu bío”. Y así surgen los montajes con el comentario y el gesto en cuestión interpretando que necesita ayuda. Y, lo que es más, los análisis de cada uno de sus vídeos, tweets, imágenes, palabras y miradas.

¿Qué vi yo? Vi la evolución de Marina, de una chica joven alegre a una chica enajenada. Vi los moratones y la escopeta y vi muy claro que la joven youtuber está pasando por muy mal momento.

No supe, porque me falta información, si son malos tratos ni por parte de quién, si es un asunto de droga, si es un secuestro o si es esquizofrenia. No lo puedo saber. Ni yo, ni los nuevos expertos que creen que lo son porque supieron abrir una cuenta en una red social. Vi cómo los demás desvariaban interpretando el reflejo que se proyectaba en su pupila. Vi cómo compartían fotos de su pareja (que no tiene cuenta en Twitter) acusándole de maltratador. Vi que anoche Marina tenía 60.000 seguidores y ahora mismo va camino de los 300.000. Escuché el terrible susurro de “help me” y vi el dedo ajeno en pantalla. Y, ojalá no me equivoque, pero me parece buena la explicación de la madre que dice que era ella que llegaba a casa diciendo bajito “Hello. Me.”.

¿Qué vieron los demás que no vi yo?

Los demás vieron que la escopeta no estaba ahí, luego está y luego desaparece. Marina cambia en tres ocasiones la posición de la cámara. La escopeta no deja de estar, sólo que el plano deja de abarcar la parte del mueble donde está apoyada. Vieron una máscara de hombre que, si bien en la imagen es un poco difusa, en el vídeo se ve claramente que es la cabeza de un oso de peluche. Vieron en el reflejo de sus ojos que alguien le levantaba el brazo, cuando se observa en sus ojos siempre la misma figura de la cámara que le enfoca desde delante de una ventana.El efecto óptico de una figura que levanta el brazo lo provoca el color de su pupila al mirar hacia donde yo supuse que habría un monitor en el que ella podía ver lo que estaba grabando. Donde yo supongo que está el monitor y donde se mira continuamente, es donde otros supusieron que había una persona amenazándole o dándole órdenes.

Los demás vieron que cada vez que Marina decía “estoy bien” era una clara señal de socorro, que no podía ser ella quien llevara la cuenta en ese momento porque decía que estaba bien, pero no lo estaba. Y lo intentaban solucionar con un “dime que eres tú, Marina” y Marina contestaba: “soy yo”. Y quien hizo la petición decía: “no puede ser ella, ha dicho ‘soy yo’ y Marina lo habría dicho de tal o cual forma”. Vieron que cuando Marina decía que no llamaran a la policía, que no fueran ridículos, ella estaba pidiendo que llamaran a la policía.

¿Cómo evolucionó la historia?

  1. Marina está mal. Marina se droga.
  2. Marina tiene moratones. Son autolesiones. Marina tiene problemas psicológicos.
  3. No son autolesiones, su novio le pega, tiene cara de maltratador (¿cómo es la cara de un maltratador?).
  4. Marina mira fuera de cámara constantemente. Alguien la vigila.
  5. Su novio la tiene secuestrada. #SaveMarinaJoyce
  6. Marina va a morir porque su secuestrador puede ver la repercusión que está teniendo la historia. Tenemos que hacer algo. Haz Rt.
  7. Marina anima a la gente a ir a una fiesta a las 6:30 de la mañana (no dice el día) y la gente llama a la policía porque eso significa atentado terrorista porque puede que haya sido secuestrada por yihadistas y la hayan obligado a convocar a la gente allí.
  8. Marina aclara que la fiesta es el día 3 de agosto (había ya evento en Facebook y es una rave matinal que se hace todos los años). La gente sigue diciendo que no vaya nadie, que allí murió gente hace años.
  9. Marina hace un vídeo para tranquilizar a sus seguidores, pero tose y se emociona. En la tos todo el mundo entiende “help me”.
  10. Marina tiene 10.000 seguidores más en lo que tardo en escribir esto.

Datos y conclusiones:

Familiares de la joven han reconocido que ha habido problemas relacionados con las drogas y que está en manos de profesionales. Sea como sea, es muy probable que esa parte de su vida no quiera compartirla del mismo modo que esta mañana hizo un vídeo en directo diciendo que sí que hay una historia detrás de los moratones, pero que no la quiere compartir porque, ¡ojo!, el hecho de que hagas pública una parte de tu vida no significa que el resto de la misma también lo sea. Con respecto a su familia y su novio, debe ser muy desagradable enfrentarse a acusaciones tan graves que te convierten de pronto en secuestrador y/o maltratador de tu propia hija o de tu pareja.

Por mucho que ella o sus amigos publiquen en redes suplicando que se dejen de tonterías, la gente que ha pasado la noche especulando por preocupación real o por subirse al carro de la corriente de moda, se aferra únicamente a teorías que apoyen las suyas, retuiteando y contestando a quienes les da la razón o les aporte otro reflejo de una silueta en un marco de fotos en una captura de un vídeo borroso.

Y, por último, da miedo pensar tanto que las hipótesis de maltrato o secuestro se confirmen como que se confirme el hecho de que haya sido una interpretación de Marina para tener más repercusión. Por no hablar del hecho de que nada de esto sea verdad y empecemos a ser conscientes del alcance que tienen las redes sociales. ¡Ojalá supiéramos usarlas a conciencia!


La impertinencia ajena me regala una entrada para mi blog.

Hoy no pensaba dejarme ver por las redes, pero ha ocurrido algo que quería comentar: “Ni Periscope ni hostias”.

Periscope es una aplicación que retransmite en vídeo lo que está ocurriendo en directo. Actualmente se utiliza para retransmitir desde una rueda de prensa hasta un cumpleaños o una persona comiéndose una naranja. La aplicación está vinculada a Twitter y ya ni siquiera es necesario tenerla descargada para poder ver los vídeos de los demás.

Pues bien, esto es lo que estaban haciendo dos adolescentes, retransmitir un vídeo, probablemente con todo el pavazo propio de la edad, tumbadas boca abajo en la cama y enfocando únicamente sus caras. En un momento determinado del vídeo en el que una de las chicas dice “hola”, entra la madre como una energúmena diciendo “¡¡¡NI PERISCOPE NI HOSTIAS!!!”. Como no sabe lo que es Periscope, le arrebata el móvil y sigue retransmitiendo su enfado y sus malas formas diciendo “¡Un tío con la polla al aire!” y continuando con la retahíla de madre que no sabe muy bien de qué va la cosa. No sólo es la chica la que dice que ella no estaba haciendo eso, que “es gente que se pone”, sino que los mismos usuarios, que pueden dejar comentarios durante la retransmisión le están diciendo “cálmese, señora”, “su hija no estaba haciendo eso”. Pero la ignorancia es osada y la aplicación seguía abierta difundiendo el espectáculo de una madre fuera de sí.

Tal ha sido la repercusión que “Ni Periscope ni hostias” ha sido Trending Topic a lo largo de la mañana con comentarios que iban desde la alabanzas a una supuesta madre coraje hasta los “yo le habría dado un bofetón”.
Este es el contexto que tengo cuando decido comentar en Twitter lo siguiente:

“‘Ni Periscope ni hostias'” no me parece digno de tanta alabanza. Una madre que grita y no escucha no creo que sea la que todos necesitan.”

Maldita la hora en la que un ser sensible como yo decide entrar en un debate de garrulos en el que se me insulta y se me desacredita porque yo, con ese pensamiento, no merezco tener hijos. Ese comentario ha dado pie a gente que sólo comenta el hilo con un “eres gilipollas” o diciéndome “no tienes ni idea de educar, subnormal”. Y, de nuevo, el “yo le habría dado la hostia sin más”. Soy yo la que no tiene ni idea de educar, no aquellos que insultan y defienden la cultura del tortazo del poderoso por el simple hecho de que lo es.

Luego están los que dicen que si una niña está viendo pollas, lo normal es que se le castigue. Para empezar, esta gente entiende de tecnología lo mismo que esa madre (conste que defiendo que no hay que saber de todo, pero sí poner un mínimo de interés): la chica no puede estar viendo pollas porque Periscope retransmite, pero no puedes hacer otra cosa mientras usas la aplicación. Sin embargo, es más fácil decir que hay que poner límites a niñas que ven pollas y que yo soy subnormal y he bebido o veo telecinco.

Que se está difundiendo un vídeo de unas menores en un contexto “privado”, ese es otro debate. Que hay que poner límites, también. Sin embargo, mi mensaje criticaba a una madre que grita sin escuchar y que no argumenta porque no entiende ni hace por entender lo que está pasando. En la mayoría de las ocasiones, la mente sucia la tiene el adulto, el niño no ha pensado más allá. Pero ese tampoco era el debate que yo planteaba. Y os cuento una anécdota:

Un padre estaba agobiado porque le salían anuncios eróticos bastante poco sutiles en su navegador. Al hijo adolescente le cayó una bronca monumental por ver porno, porque eso era terrible y no debía hacerlo. El problema desapareció cuando el hijo le enseñó al padre cómo borrar el historial, ya que era él el culpable de que salieran esos anuncios, pero lo cómodo, para él y para la madre, era pensar que era el hijo que estaba haciendo un mal uso de las redes. Curioso, ¿eh?

Muchos de los comentarios que me han llegado, me dicen que están de acuerdo en que hay que poner ciertas restricciones. Yo también. No estoy de acuerdo con las formas de esta mujer, ese era mi planteamiento por el que se me ha juzgado e insultado mientras me daban lecciones morales y me deseaban la infertilidad. En mi TL no alimento las insolencias, es por eso que estoy respondiendo con la opción “bloquear” ante la arrogancia y las malas formas (que, os recuerdo, todo venía por criticarlas).

No sólo pienso que hay que poner límites a los hijos, sino que incluso soy partidaria del sopapo cuando representa más que la descarga emocional del progenitor. Pero no puedo apoyar a una madre que grita y no escucha; que ni entiende, ni hace por entender. Eso, para mí, no es educar. La distancia generacional se acorta prestando atención a las inquietudes de los jóvenes.

Las redes son perniciosas si se le da un mal uso, pero mucho más peligroso es transmitir la cultura del griterío ante cualquier conflicto.


Quien te dice “pasas demasiado tiempo en las redes”, pasa mucho tiempo mirando qué haces tú en las redes.

Lo escribo porque me ha pasado y como lectura de un comportamiento común.
Deberíamos tener más pudor, como el que se encuentra a un familiar en un prostíbulo y decide no contar nada, porque el hecho de acusar a otro le acusa a sí mismo de haber estado allí.

¿Paso mucho tiempo en las redes? Sí, todo el que quiero y, además, me quejo de que apenas tengo tiempo para mí. Y ambas cosas son ciertas. Las redes quitan todo el tiempo que tú dejes que te quiten. No puedo decir el número de veces que entro a mirar twitter o facebook – más el primero que el segundo – pero son bastantes. A veces, incluso muchas. Pero yo decido cuándo es suficiente. Si abro una app. a las 12 y otra vez a las 12:30 y luego a las 15:00, no significa que lleve tres horas conectada. Y, si fuera así, sería sólo problema mío.
Antes – y ahora en algunos casos también – ese tiempo se le dedicaba a la tele, pero tú podías contar cualquier milonga como “he estado todo el día limpiando/estudiando/trabajando/cocinando” o cualquier otro gerundio socialmente aceptado, y todos contentos. Porque la televisión no tiene un chivato que indique cuántas veces la has encendido ni cuándo fue la última conexión. Y, de tenerlo, quedaría en casa, no en los dominios de cualquier otro ser con el mismo equipo.

Mi querida @PinkyGrace, a quien más quiero mientras más conozco, contaba que ella trabaja enfrente del ordenador. Es tentador, claro. Es, además, autónoma y tiene abiertos los documentos necesarios para su trabajo y el Twitter. Publica muchas cosas y hay calidad en sus tweets. Y trabaja, y tiene familia, y sale a la calle… ¡Menuda loca irresponsable esclava de twitter! (Aclaro, por si acaso, que la frase anterior es una ironía). Yo a veces estoy estudiando y me estoy tomando un té. Coger la taza me distrae. ¿Lo veis? No hay pecado, somos personas activas y trabajadoras.

Lo malo, paradójicamente, de las redes es que son públicas. Lo de ajustar la privacidad tiene sus límites y es que sólo Whatsapp lo ha sabido hacer hasta ahora, dejando que elijas si quieres que se vea tu última conexión o no. Ídem con el famoso doble check azul, que ya también puedes decidir si quieres que se muestre cuándo has leído un mensaje o no. Whatsapp, que llegó la última y se ha puesto la primera, ha visto necesarias estas opciones porque somos unas incorregibles viejas del visillo.

¿Cuándo decirle a una persona que pasa mucho tiempo en las redes? De muy pocas veces a nunca.

– Si una persona tiene un comportamiento obsesivo o perjudicial y tienes confianza con ella, puedes recomendarle otras aficiones, sugerirle que puede estar perdiéndose una parte muy bonita de su vida por vivir tan de lleno la vida virtual. Puedes recomendarle que visite a un especialista, pues es cierto que puede ser adictivo. Pero, seamos coherentes, díselo en una visita a su casa, y no en un mensaje privado desde tu móvil.

– Si lo que pasa es que escribe con mucha frecuencia y a ti te parece demasiado. El problema es más bien tuyo. Elige entre tantas opciones que te ofrece la intranet y opta por la que más te convenga:

  • En Facebook: ocultar una publicación en concreto, ver menos publicaciones de esa persona en particular, dejar de seguir o dejar de ser amigos. ¡Ey, que la vida sigue! El unfriend en Facebook no significa enemistad en la vida real.
  • En twitter: silenciar, desactivar retweets, dejar de seguir, y bloquear. E incluso block-desblock si lo que quiero, además, es que no me siga a mí.

Pues con todo ese abanico de opciones, todavía hay quien cree tener la potestad de decidir cuándo has escrito mucho, o has compartido muchas publicaciones de otros, o has hablado mucho de un mismo tema. ¿Por qué tanta impertinencia? ¿Por qué tanto disfraz de Pepito Grillo?

Asumo que soy activa en redes sociales, porque me divierto. Admito que algunos comportamientos denotan carencias. Y las tengo, claro, vivo sola desde hace tres años, mi familia está a 80 kilómetros, mi pareja a 400 y mi mejor amiga a… no sé cuántos kilómetros queda mi sofá del pueblo de Alemania adonde se fue hace más de año y medio a buscarse la vida. Pero suplo esas carencias de manera inteligente. Trabajo, tengo un blog, dibujo, escribo, leo, preparo clases, corrijo, estudio oposiciones, y preparo el C2 de inglés de forma autodidacta, hago deporte, salgo a tapear… pero eso no se proyecta, porque de eso ni siquiera hay nadie pendiente. Por eso, aunque lo saben, hay quien se pone en alerta y te dice: “Esta mañana no has hecho nada, ¿eh? Que he visto en Instagram que has desayunado en El Churro Grande”.

Y, perdona mi arrogancia si, con todo eso superado, me creo con la superioridad moral de decirte que si tienes ese comportamiento obsesivo por controlar la vida de los demás, el problema, las carencias y la obsesión por las redes sociales, amigo mío, todo eso lo tienes tú.


Hace un par de noches me encontré con un artículo compartido en Facebook que decía: Una modelo de 18 años edita sus publicaciones en Instagram para mostrar la verdad tras las fotos.

TEASER-Essena-ONeill

Sentí curiosidad por saber cuál era esa verdad. De photoshop, desajustes alimenticios y maquillaje ya hemos tenido mucho. Pensé que me ofrecería algo diferente y así fue.

Essena O´neill, es una joven modelo de 19 años (cumplidos, según ella misma dice, el día después del vídeo que desencadenó este nuevo boom) que ha vivido de las redes sociales desde muy temprana edad. De acuerdo con el vídeo, ha ganado mucho dinero por cosas como ponerse un vestido simplemente para que saliera en una de sus fotos de Instagram, ya que su número de seguidores en todas las redes en las que tenía cuenta era tan elevado que, numerosas firmas de más o menos prestigio, contactaron con ella para hacerle contratos cada vez mejor pagados.

Essena sonríe, se muestra, se maquilla, publica diariamente… y un día se cansa y decide borrar 2000 fotos y dejar sólo 12, pero editando el texto y explicando cosas como: “En esta foto tenía acné”, “esta la repetí no sé cuántas veces”. La (¿ex?) modelo explica que se empezó a sentirse triste cuando se dio cuenta de que sólo vivía para mostrarse, que sonreía para una foto, pero cada vez sonreía menos en la vida real. Y cuenta que hace el vídeo para su niña interior su “yo de 12 años”, que fue cuando empezó a dejarse impresionar por lo que hacían otras chicas y empezó a abrirse camino poco a poco hasta conseguir lo que siempre había soñado.

Protesta porque siente que ha desperdiciado su adolescencia dependiendo de las redes sociales, viviendo de su físico y de la aceptación social (virtual). Algo con lo que soñaba desde pequeña y acabó consiguiendo. ¿Cómo de sola estaba entonces para perseguir su sueño a toda costa? ¿Dónde estaba su familia para asesorarla cuando le hicieron aquella foto en (mini) bikini a los 16 años?

La modelo se queja de engaño, de manipulación. Se disculpa con sus seguidores y con ella misma por el tiempo que lleva haciendo algo que de pronto va contra sus principios. Ha descubierto que las fotos de catálogo no muestran la realidad. Nunca es tarde para abrir los ojos. Y sentí y me creí que ha pasado momentos muy duros, que tenga o haya tenido depresión, y eso es un tema muy serio del que no soy capaz ni de hablar ni me creo quién para ponerlo en duda. En este punto, la chica sí tiene mis respetos.

Que el mundo de la moda es pura manipulación, no es ninguna novedad. Los rasgos físicos de las modelos del momento los tienen una minoría, no es ninguna representación de hombres ni mujeres de a pie. Son MODELOS y viven de cumplir una serie de cánones que el resto no cumplimos y que nos han enseñado a admirar. El maquillaje es otra caraterística de este trabajo, ni siquiera pienso que trate de mentir (sería nuestra culpa si nos dejáramos engañar por esa belleza químico-artística), sino exagerar, llamar la atención, cuando, por ejemplo, le pintan a una modelo los labios de amarillo. Y ya incluso sabemos cuando alguien está retocado, cuando no se le notan la venas, los poros, las ojeras. No hay lunares, no hay granitos, no hay pelusilla… Y no dejaremos de quejarnos y algunas de las quejas las apoyo firmemente, pero una cosa está clara: si todo eso vende, es porque alguien compra.

Pero Essena va más allá y habla de la superficialidad de las redes sociales, de cómo los datos y las estadísticas te empiezan a volver loca cuando consigues un número de seguidores o de me gusta que antes te parecía suficiente y de pronto sientes que tienes que ir a por una nueva cifra. Y mientras más seguidores, más millonarios son los contratos. Mientras más cifras, más cifras. Entiendo que a ella le haya pillado por sorpresa dada su juventud y que si se ha sentido sola, puede que realmente lo haya estado cuando nadie ha sabido ponerle unos límite en una edad en la que somos tan vulnerables.

En su vídeo nos invita a no creernos nada, a salir a la calle, a hablar con desconocidos en un parque, a hacer algún voluntariado, a leer libros, a salir a tomar café… Y mi pregunta es: ¿en serio, Essena, y nombrando a Essena me dirijo a cualquiera que esté en alguna red social, no eres capaz de hacer ninguna de esas cosas porque tengas un nombre de usuario, una contraseña y un número de followers?

Si de verdad las redes nos suponen un problema, debemos pedir ayuda. ¿Cómo lo sabemos? En el momento en el que te planteas qué aficiones has dejado atrás: cine, libros, deporte… ahí pueden estar las claves. Me impresionó que esta chica destacara que lo mejor que había hecho en su mes sin redes, ha sido ver un documental y leer tres libros. Os recuerdo, para enfatizar, que tiene 19 años recién cumplidos.

Tengo Facebook desde 2008, Twitter desde 2011, Instagram desde 2013… y ni a mi vida ni a mi intelecto les ha faltado un buen libro, una buena charla, una mañana al sol… Si hablamos de adicción, estamos hablando de un tema muy serio que habría que tratar en otros términos. Por eso no me creo al 100% la historia de Essena, porque me lo cuenta por Youtube, con el objetivo de que se publique en Facebook y no estoy segura de que no vaya a ganar dinero por las visitas de los que hemos picado con esta historia. Que no es que a mí me importe, que ya quisiera yo ganar millonadas tan fácilmente, pero necesito coherencia con lo que me cuenta.

Pienso mal y creo que ha hecho el dinero suficiente como para no tener que exhibirse. Que realmente puede que le haya afectado psicológicamente, pero a la vez leo entre líneas una pataleta de nueva chica rica. Conozco gente ambiciosa que lo es tanto que llega a deprimirse cuando consigue sus metas porque, una vez que las obtiene, quiere llegar aún más allá. Y ni los números ni el éxito son nunca los deseados. Es como si todo se quedara pequeño cuando te va bien.

Y pienso además en quién le habrá dicho que el vídeo es más creíble si lo hace en casa vestida con una camiseta gris lisa, sin maquillaje y con un moño alto mal hecho. Y si no es esta la misma técnica manipuladora que aquella de ponerse un vestido concreto y posar de una manera específica. Hay que tener cuidado con la doble trampa de las redes sociales.

Yo creo en las adicciones, en la depresión, en la frustración… pero en esta historia, lo siento, no creo.


He perdido el móvil y eso significa algo más.
¿Cuántas veces hemos oído eso de: “he perdido la cartera CON DINERO dentro”? Yo puedo decir que he perdido el móvil con dos años de mi vida dentro. Lo que importa no es la cartera, no es el móvil, en sí, es todo lo que conlleva su pérdida: buscar, renovar, recuperar, denunciar…

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Tanto plantearme que me lo robaran, como que se me perdiera, me deja perpleja. No soy despistada, ni a mí ni a nadie de mi entorno nos encaja que se me haya caído. ¡Si hasta cuando se me cae un pelo lo oigo! Cuando lo irremediable ya ha ocurrido, asumo los hechos con un “estaba pa’ mí”.

No es, lo puedo asegurar, apego por lo material. Llevar encima un móvil es llevarse a sí mismo a cuestas, en una de esas mochilas con mucho agarre, que no pesan.

Cuando hablé con mi madre, me quitó la tontería del posible apego cuando le dije “yo tenía un móvil” y me contestó “ya… y yo tenía una madre”. Y se relativiza todo.

Pero, ¿qué supone hoy en día perder un móvil?

Con él se fueron fotos, conversaciones y recuerdos que, como lo último que pienso es que va a dejar de estar conmigo, a veces no guardo en el portátil que, por otra parte, también podría fallar. Afortunadamente, tengo la cabeza en su sitio y no había nada comprometido, pero símplemente el hecho de sentir que mis payasadas estaban en manos de un desconocido, hacía ya que me sintiera desnuda. Lo superé pronto: esta soy yo, no tengo nada de qué avergonzarme. Yo no he entrado en tu casa, has sido tú el que ha mirado por la cerradura de la mía. Algunas fotos y vídeos se quedan allí, o en la nada, para siempre.

Según iban pasando las horas, y tras asumir que no lo iba a encontrar, iba notando cómo tengo el cuerpo acostumbrado a gestos que ya son involuntarios cuando quiero consultar la hora, cuando quiero dejarle un beso a él, cuando tengo alguna duda en la cocina o con algo relacionado con mi trabajo, cuando quiero llenar el silencio de mi casa con música, cuando necesito consultar el tiempo por si lavo hoy o mañana las sábanas (soy de las que tienden al aire)… Me di cuenta entonces de que no tengo relojes en casa. Mi hermano me regaló uno grande, muy yo, que espera en un cajón a que tenga residencia fija. El año pasado compré uno pequeño que me recordaba al recordatorio que mi madre encargó para mi comunión, pero estaba sin pilas desde hacía meses. ¿Cómo me iba a despertar al día siguiente? Mi móvil era también mi alarma. La primera y la segunda. Me di cuenta, además. de lo que es que se paralice el mundo porque me llamaban al fijo: apagar el fuego, levantarme del sofá, dejar una ficha a medio corregir, el bocado en el plato…

Mi móvil era mi calculadora, mi agenda, mis citas para el médico; mi lista de la compra – la libreta al final siempre me la dejaba en casa – ; mi calendario menstrual – aunque ahí no necesito recordatorios, pues mi menstruación llama a la puerta con objetos punzantes… pero llevar la comparativa de síntomas y el control del peso me dan tranquilidad -. Era mi contacto con el mundo, mi salir más allá que de mi casa al trabajo. Hablar con gente a horas a las que no las llamarías. Mi libro de direcciones, mi juego de palabras favorito en una nota entre otras que dicen naranjas de zumo o, martes 28 a las 17:30 o, rebeca azul o, 17 docentes. Mensajes inconexos que sólo tienen sentido si los leo yo.

Mi móvil tenía las capturas de pantalla de nuestras coincidencias, fotos para publicar o enviar en días concretos a personas determinadas, los vídeos de mis playbacks de sola en casa, mis contactos desde hace siete años; aplicaciones que nunca he usado, mi Flappy Arturo, porque nos gusta hacer cosas con nuestras cabezas; canciones que no sé cómo llegaron hasta ahí, alarmas para despertares físicos y mentales, redes sociales que me mantienen activa (viva ya estoy).

Sin mi móvil he sabido que mi ordenador va más lento de lo que parecía ir cuando no me hacía tanta falta, que lo estoy haciendo bien, que no he perdido el tiempo. Me he evaluado y he medido el tiempo que le dedico a todo. Pensé que la conclusión sería que ganaría algunos minutos al dedicárselos a otras cosas pero, para mi sorpresa, tardo más que antes en hacer todo al tener que buscar por otros medios las cosas que antes tenía en una misma pantalla.

Si bueno ha sido descubrir que no había espacios desaprovechados en mis horarios tan agitados, mejor ha sido saber que, sin móvil, mis hábitos no son más sanos, tampoco mis posturas ni mi salud. No salgo más a la calle, ni me duermo antes. No leo más. No quedo más con mis amigos.

Y es por eso, porque he descubierto que puedo pasar sin él, que ya me he comprado otro.



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