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El carnaval local es algo de lo que entiendo más de lo que demuestro, incluso más de lo que quiero que se sepa. De hecho, sé tanto, que ya no me gusta.

Lo sigo desde hace años desde mi sillón de acariciar al gato que no tengo. Lo veo con mis gafas de ver de lejos el ridículo.

Todo carnaval local cuenta con sus clichés: una chirigota malvestida de mujer (asumo el riesgo de que me llaméis feminazi, pero debéis saber que no nos hacéis ningún favor…), su pasodoble al político de turno, la declaración de amor mío de mi corazón, y una parte del repertorio en la que quede claro lo orgullosos que estamos de ser de donde somos (que si hubiéramos nacido en otro sitio, lo repitiríamos con muy pocas modificaciones).

El espectáculo grotesco no (siempre) lo ofrece el repertorio, sino los componentes, para los que prima la competitividad sobre el compañerismo. En la mayoría de los casos es un concurso con un premio metálico mínimo (si es que lo hay…), pero hay que ganarlo a toda costa y caiga y quien caiga. He visto dedicar parte del repertorio a menospreciar a otras agrupaciones, he visto reclamar un premio bases en mano agarrándose a una interpretación ambigua del contenido… he visto bien, con esas gafas que os dije.

Quien no gana, se aferra a la idea de lo injusta que es su posición tras tantos meses de ensayo y dedicación que son, día arriba, día abajo, los mismos que le han dedicado los que quedaron por encima y los que quedaron por debajo. Como en todo, las agrupaciones se clasifican en dos grupos: los malos, y los nuestros.

Unos a otros se animan diciéndose que es que había mucha calidad, que todos son igual de buenos, cuando en realidad todas las disputas, y no sólo aplicadas al carnaval, se solucionarían admitiendo que todos somos la misma mierda.

 


Los días previos a la noche en la que iba a ver Action Man, el espectáculo que traía Yllana, se parecieron mucho a aquellos en los que me rechinaban los dientes al ver el cartel de “Entradas agotadas” cuando vino El Brujo.

Nunca me resisto a un “no hay entradas”, como bien hice aquella vez. Parece ser que gusta hacerme creer que no voy a poder hacer algo que quiero y al final ha sido sólo una broma con poco gusto. Incluso si alguien se pusiera como objetivo procurar que no consiguiera entrada, siempre hay otra persona que puede facilitarme las cosas. Quizás porque últimamente concibo los espectáculos como algo para disfrutar en soledad, aunque esta vez tuve a mi lado a la mejor compañía que podría tener para esa noche: compañeros de teatro y otros quehaceres.

Y ahí estaba Raúl (Cano)2 llenando un escenario entero con su sola presencia. En mi recorrido por diferentes teatros, ya sea como actriz o espectadora, he aprendido a seleccionar aquello a lo que quiero prestarle especial atención. Este aprendizaje se lo debo a los dos espectáculos más grotescos en los que he estado. Porque, Carmen, he visto algo aún peor que Rapsodia: la vida es sueño. En ambos, aprendí a obviar un argumento cogido con pinzas para centrarme en la interpretación, los movimientos o la voz de alguien en particular.

En el caso de Yllana, el espectáculo en sí ya seducía, aunque debo reconocer que alguna vez dejé de atender a lo que se contaba para centrarme en cómo lo contaba él. Raúl tiene un dominio del cuerpo impresionante, no podía dejar de mirar y admirar cómo su cuerpo obedecía a cada orden que mandaba aquella cabeza privilegiada. Creo que es la primera vez que veo a alguien moverse con tanta precisión por un escenario. Y su voz, sin apenas palabras, desarrollando la historia con sonidos intranscribibles que todos acabamos imitando con bastante poco éxito. A consecuencia, salimos todos de allí entonando aquel pegadizo Guau! eh? Y con razón.

Los compañeros con los que me crucé por allí y yo llegamos a la misma conclusión: esa noche, alguien había puesto la palabra actor en un lugar al que ninguno de nosotros, aficionados con muchos años de interpretación a la espalda, podíamos alcanzar. Para mí no fue frustrante, lo tomé como enseñanza.

De esto hace casi un mes y mi amigo Nono ya le dio forma en su blog. Yo me he tomado más tiempo, por una mezcla de exceso de trabajo y pereza estival que han hecho que le quite vidilla a mi blog para poder dármela a mí misma. Sin embargo, el recuerdo de las misiones de aquel Superagente Especial han estado flotando en mi mente cada día desde entonces. Porque hacer reír así de bien tiene que ser un superpoder.



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