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Desde hace tiempo, el 20 de enero es una de esas fechas que recuerdo. Ni siquiera ocurrió algo extraordinario, pero tiene canciones y poemas que me llevan a otros momentos de mi vida, porque fue un 20 de enero cuando sentí por primera vez que no pasaba nada por ser espontánea, sobre todo cuando nadie te espera en casa.

Había una gata a punto de parir merodeando por debajo de las mesas de una cafetería de Plaza Einstein en la que no debía haber entrado – la gata, digo – mientras yo decía “sí” a un viaje que no debía hacer, pero hice y salió bien. Ese año vinieron todos los vértigos juntos: el de las primeras facturas, el del primer amor (no, pero de verdad), el de la frustración, el del descontrol, el de la toma de decisiones sin consultar, el de bañarme de madrugada en una charca, y el de la noche que dormí con botas.

Unos meses después fui yo misma quien recordó a otra persona lo mucho que nos había cambiado ese encuentro, aunque no nos hubiéramos reconocido después, y tarareé “Día de Enero” ante unos ojos chispeantes que vería muy cerca, muchas veces, mucho tiempo…

Te conocí un día de enero
Con la luna en mi nariz
Y como vi que eras sincero
En tus ojos me perdí.

Me parece mentira que haya pasado todo hace ya media vida. Aún recuerdo la calidez de la pana por el envés y la timidez con la que agachó la cabeza cuando me dijo que estaba muy guapa y le contesté: “sé que no, y no pasa nada”.

Aquellos años en la facultad de letras, entre papeles amarillentos y olor aséptico, descubriría a John Keats, uno de mis autores de cabecera y, ¡cómo no! Me transladaba a enero. Si bien fue “La Belle Dame Sans Merci” con quien más me identifiqué (aún no he decidido si como dama o como caballero…), “The Eve of St. Agnes” me llevaba de nuevo a este día (por ser la víspera de la víspera, ¡yo qué sé!). Pensaba a veces que yo sí era capaz de sentir ese amor que Keats dice que nadie siente. Luego sentía que pasaba por la vida de puntillas… como Keats por el Romanticismo. Y que lo que sí identificaba sin lugar a dudas era el desconsuelo. Como Keats.

Y llegó otro enero en el que hice otro viaje que quizá no debía hacer, pero hice. Ya llevaba varios eneros pagando facturas y tomando decisiones sin asesorar.

¡Qué torpe distracción,
Qué dulce sensación!

Era bueno recordar a esa gata preñada que no sabía que no podía entrar a la cafetería y por eso entró. El sentido de lo prohibido nos lo hemos dado nosotros. Yo he jugado a ser la gata (sin gravidez), la Belle Dame (por placer) y el caballero (porque algunas veces me he topado con auténticos Belles Dames, sobre todo sans merci).

Hice ese viaje con Dames que me abandonaron y supe reírme de aquello esa misma noche en la que alguien no sabía que me estaba esperando, pero aparecí. ¡No, joder, fuma! Apagó el cigarrillo al verme entrar y me dio uno de los mejores – y más necesarios – abrazos que me habían dado en meses (fuma, pero no huele, ¡bien!). Temblé y tenía calor. Nos miramos mutuamente como la Belle Dame miró al caballero (and her eyes were wild) y estacionó su coche en una calle peatonal. Entre unas sábanas tibias de hotel recibí un mensaje que sellaba el inicio de otros meses desbocados.

No sé cuántos eneros me quedan por vivir, no sé cuántos meses dura enero ni si vendrán nuevos caballeros, damas o corceles. Lo que sí sé es que enero siempre sube la factura de la luz y amontona la ropa. Y que seguiré haciendo viajes que no debo para llenar de eneros mis recuerdos.




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