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Leo es de las pocas personas que no se asustan al recordar que estoy sola. Son tantos los que no quieren ver esta realidad que dan por hecho que siempre estoy bien, que no necesito atenciones, porque pensar lo contrario les aterra. Son diferentes formas de querer a una persona: una hacia adentro y otra hacia afuera. No creo que haga falta decir cuál de las dos es la sana.

Leo sabe darme lo que necesito: a veces compañía ruidosa, a veces compañía silenciosa. Ojalá supiera estar haciéndolo con ella igual de bien que ella conmigo. Como cuando quedaba poco para su boda y dejamos de hablarnos de repente. Un día fue necesario hacerlo y – aparte de lo que le tenía que decir – le dije: “no te hablo por no ponerte más nerviosa”. “Por lo mismo que no te hablo yo a ti”, me dijo.

Leo representa a esa amiga leal cuya amistad empieza en la adolescencia, pero nos llegó todo unos 15 años más tarde. Por eso, un buen día en el que nos vemos, decido hacer un regalo de esos que nunca he hecho porque no he encontrado con quién: uno que exprese claro el sentimiento de haber encontrado a mi alma gemela, concepto en el que nunca había creído del todo. Ella lo es. Porque ser alma gemela no significa ser iguales. Creo que Leo y yo no podemos ser más diferentes pero también creo que con ninguna otra amiga me he entendido mejor en mi vida.

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Leo es una de las pocas personas que le da a mis problemas la importancia que tienen para mí. La que nunca me dice “sal y anímate”,  “hay gente que está peor” o “relativiza”, porque tiene formas más humanas de dar consuelo y empatizar. Es experta en los abrazos a distancia. Leo es mi trébol de cuatro hojas, una variación infrecuente de la amistad.

Esta Leo de la que hablo es  y el jueves pasado hizo algo que quizá quien lo hace no es capaz de ver lo grande que es para mí. Puso este tweet:

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Los que se implicaron no saben lo que hicieron. A lo mejor no me llega la suerte como por arte de magia, pero me cambiaron el estado de ánimo y, al final, una cosa lleva a la otra. Me da igual si lo hicieron porque me conocen, porque conocen a Leo, por ninguna de las dos o por ambas cosas. Para todos ellos escribo también este post, porque valoro los detalles. Escribir un tweet animando, lo es. Y vosotros lo hicisteis. Así que, gracias a todos los que:

four-leaf-clover-152047_960_720Parece una simpleza. Ya. Ojalá te lo hagan alguna vez y sepas lo bien que sienta.

Gracias


índiceLo que voy a contar a continuación no es nuevo para mí, pero puede que resulte un tanto particular.

Hace tiempo que estoy a la mira de todo lo relacionado con el tiempo.

La medición de los acontecimientos es algo que me fascina. Quien me conozca de verdad, sabe que tengo un cálculo específico para según qué cosas. Así pues, han sido sonadas mis muchas respuestas a la pregunta ¿Cuánto se tarda?. Hago muy buenas aproximaciones para averiguar qué hora es a cada instante, pero no soy buena calculando cuánto se tarda en hacer alguna cosa o cuánto tiempo llevo haciéndola.y-como-pasa-el-tiempo-a19132877

De esta manera, fui creándome mis medidas y aportando datos como que, mi primer año en el mundo laboral, tardaba 5 canciones en llegar al trabajo en coche, que de mi casa a la tuya tardas lo mismo que el autobús en hacer un recorrido con dos paradas, o cuando un Manu significaba dos semanas, expresión tomada de la frecuencia con la que mi hermano veía a un amigo suyo.

Es tal la fijación, que me he fijado en cosas como que el tiempo pasa mucho más lento en los centros comerciales y más rápido de 19:00 a 21:00 en casi cualquier lugar, que los 20 primeros minutos de una película se cuentan más lentos, que las luces automáticas de los servicios públicos están medidas con un pis muy corto y que la medida de toda una vida es tan ambigua como personal.

Hasta aquí tiempo_manage_0812es todo relativamente normal, pero en los últimos años he ido más allá. Alguna vez leí, y otras tantas escuché, que el verdadero amor dura tres años. Algo en lo que no creo. Primero había que saber qué es el amor. Eso me hizo pensar en cuánto me duraban a mí las relaciones. Cualquier relación afectiva me marca por mucho tiempo si se mantiene durante dos años. Puede que después de ese tiempo la relación haya cambiado, pues siento que tiene 2 cumpleblog tejedoramucho que ver con la evolución personal de cada uno. Pero si consigue llegar a cumplirlos, esa amistad ya tiene su sello en mi vida para siempre. Las que no, afortunadamente se disuelven en cuestión de meses, puede que una estación. Supongo que hace falta ese lapso para conocer de verdad a una persona, pasada la fase del agasajo. Hace exactamente 4 años que me di cuenta de esto. Lo hablaba con un amigo que dejó de serlo al año. Él me decía continuamente que nuestra amistad era muy especial, que sentía que iba a ser para toda la vida. Ahí fue cuando, de manera espontanea, le dije: “Si es real, durará al menos dos años.” No lo fue. Lo que me sirvió como una de las pruebas más ciertas sobre este hecho, al confirmarse que esa persona nunca ha vuelto a ser importante para mí.

Con esto no quiero decir que personas que han pasado un instante por mi vida no sean importantes, sino que la fuerza de la permanencia les da una posición más elevada y positiva en mi recuerdo. Son estas las personas con las que sé que me reencuentro y estoy a gusto. Para las que sé que también tengo un sitio.

Dicho esto, una de las confesiones más íntimas que he escrito y hecho públicas hasta ahora (más incluso que Rarezas), os dejo una reflexión que leí hace tiempo:

Para entender el valor de un año, pregúntale a algún estudiante que perdió el año de estudios. Para entender el valor de un mes, pregúntale a una madre que dio a luz a un bebé prematuro. Para entender el valor de una semana, pregúntale al editor de un semanario.
Para entender el valor de una hora, pregúntale a los amantes que esperan para encontrarse. Para entender el valor de un minuto, pregúntale a una persona que perdió el tren. Para entender el valor de un segundo, pregúntale a una persona que por un pelo evitó un accidente.
Para entender el valor de una milésima de segundo, pregúntale a una persona que ganó una medalla de plata en las olimpíadas.


“Cómo hablar” es la canción que sonaba en la radio cuando arranqué para salir de Linares. Tú estabas al lado para indicarme la salida y, lo sé, para alargar la despedida de unos días, de nuevo, muy especiales. Unos días en los que, pasando mucho de un “¿por qué no salís?”, nos hemos dedicado a querernos, a hablar, a respirar con los ojos, a cogernos los pies mientras hablábamos una enfrente de la otra en el mismo sofá. Y “¿cómo hablar?” de algo que se disuelve entre palabras porque no lo abarcan. Algo que es más grande que nosotras. Huyo de los tópicos. Me niego a un “las palabras se quedan cortas”, si bien lo hacen. Necesito verbalizarlo por especial, aunque me falten herramientas (cuando no tenía cera color carne, pintaba con naranja muy flojito). Se busca una las formas. Y tampoco “sobran las palabras”. Eso es muy de gandules. Intuyo que lo sabes porque lo has vivido, pero quiero que tengas claro que también lo he vivido yo. Y ahora que no te veo, lo que tengo son palabras.

Estas cosas no se saben cuándo pasan ni cuánto duran, pero yo ahora lo tengo y pocas cosas siento tan ciertas como que en ti tengo una amiga. Certeza que, hay corazones inútiles que, convierten en celos y miedos. El mío lo vive con tranquilidad, con la misma con la que un día, sin pensarlo, nos encontramos (“al otro lado del arcoíris” ¿es muy cursi?).

Por eso, amiga, aunque quise intentar no dedicarle una entrada en mi blog a nadie, lo hago. Prometí repetir errores y aciertos de blog a blog. Y tú te lo mereces. Y yo elijo.

“Suave buscando los mares del sur”.

Imagen

E.H.F.



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