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“¡Dime algo, por favor!”

Esas fueron mis palabras antes de las campanadas, justo en el tercer cuarto.

En las horas siguientes, ya en el nuevo año, esas palabras han flotado en mi cabeza como un salvapantallas en un ordenador de un cíber a principios de siglo y han acabado trayéndome aquí, a mi blog.

No he hecho balance de mi año en redes ni he posteado un collage de fotos. No me hace mejor que quienes lo han hecho, pero me pregunto si este tipo de reflexiones proyectadas en Facebook de verdad han madurado en la mente de quienes lo escribieron o simplemente surgió para morir estrellado contra ese muro virtual. Pronto saldrán estudios que calculen cuánto de lo expuesto es verdad.

“¡Dime algo, por favor!”

Pronunciado una vez y rebotando uno a uno en el vacío que dejaron todos los segundos en los que este año he tenido que parar mi vida esperando respuesta. Pocas cosas me angustian más que sentir que el próximo movimiento en mi vida no depende de mí. Yo muevo ficha y asumo las consecuencias o saboreo los buenos resultados. Pero no me gusta tener que permanecer en la misma casilla esperando a que alguien con más poder, mueva sus hilos para yo poder mover el culo. Para mí no es un juego.

“¡Dime algo, por favor!”

Como un ruego. Esas palabras hicieron balance por sí solas de lo que ha sido para mí 2015. Esperar movimientos ajenos, respuestas, procedimientos… para tomar decisiones tan importantes como cambiar de casa, de ciudad, de trabajo, elegir un camino para seguir creciendo. Mi estabilidad emocional se ha tambaleado hasta el vértigo más impetuoso.

Ha sido casualidad que haya tocado techo a finales de año para decidir ponerme las pilas y tomar decisiones para hacer que la gran parte de las cosas que haga dependan de mí y de nadie más. Quiero labrarme mis propios éxitos y fracasos. He sido y seré siempre una tía trabajadora, no concibo la vida de otra manera. Por eso voy a hacer que tiemble todo, que se derrumbe poco a poco lo que había hecho hasta ahora para reponer las piedras que necesite cambiar y rescatar las que aún me sirvan.

¿Es esto balance de fin de año? Sí. 2015 apenas ha dependido de mí, se me ha ido entre los dedos, he sido una marioneta en muchas manos.

Me siento contagiada por esta ola de buenos propósitos en los que nunca he creído. Para muchos de mi círculo, el año termina en septiembre. Nunca hemos creído que el 1 de enero nos haga más fuertes, más capaces, mejores personas… El renacer empieza en septiembre, que es cuando verdaderamente ponemos orden a nuestras vidas. La diferencia es que no lo anuncian en televisión. Hace años que Fran (El niño que llegaba a los planetas) y yo, nos felicitamos el año nuevo haciéndolo coincidir con la festividad de Rosh Hashaná.

El año nuevo es año nuevo porque así lo decidimos. Realmente me entristece pensar que hay gente que pospone todo hasta fin de año camuflando con excusas su falta de voluntad. El momento para hacer cambios en tu vida puede ser un día a mediados de mayo sin necesidad de esperar a que la tierra complete una vuelta alrededor del sol. Y si tienes que esperar a que acabe el año, usa otro calendario y acaba el ciclo a tu conveniencia.

Ponte un límite, tómate unos días para reflexionar y empieza a moverte, a cambiar lo que no te gusta, independientemente de la fecha que sea. Ojalá tengáis un feliz temblor en los cimientos de vuestras vidas.


Estoy siguiendo una serie que es una p̶u̶t̶a̶ maravilla porque una persona a la que adoro y en cuyo criterio confío, me la recomendó.

Episodes, una serie que destripa el mundillo interno de las series, tiene a Matt Leblanc como protagonista. Sean y Beverly, matrimonio y guionistas, han triunfado en Gran Bretaña con una serie y les proponen hacer la versión americana en Hollywood, dejando su reputación por los suelos, debido a las condiciones con las que se encuentran una vez instalados en Los Ángeles. El primer cambio tiene que ver con el actor principal: la cadena que les compró la serie se las ingenia para meter por la fuerza a Matt Leblanc para el papel protagonista. Ahí empieza el lío.

Seguro que lo recordaréis por Joey, su personaje en la serie Friends. imagesSi como Joey se le puede llegar a adorar; como Matt Leblanc le quieres matar. Matt, en Episodes, es una caricatura de sí mismo. Debe ser muy divertido hacer de uno mismo en la versión más miserable, deshonesta y ruin. El Matt Leblanc ficticio es todo eso y más.

Además, en esta serie que, por supuesto, veo en versión original, estoy aprendiendo a poner en contexto todas las palabrotas que ya sabía en inglés y muchas otras que desconocía. Los personajes están indignados, las sueltan en cadena. ¿El problema? La traducción.

He aprendido a divertirme comparando la versión original con la traducida y pongo los subtítulos en español, aunque no los necesito. Así, contrasto lo que dicen y lo que nos cuentan que han dicho. Y alucino de cómo todo pierde intensidad al ver que en español los personajes son más tontos y se indignan más flojito. Todo les va mal y continuamente dicen fuck, I’m fucked, you’re a dick… y otras lindezas que vienen a cuento porque van saltando d̶e̶ ̶p̶u̶t̶a̶d̶a̶ ̶e̶n̶ ̶p̶u̶t̶a̶d̶a̶ de faena en faena y l̶e̶s̶ ̶l̶l̶e̶g̶a̶ ̶l̶a̶ ̶m̶i̶e̶r̶d̶a̶ ̶a̶l̶ ̶c̶u̶e̶l̶l̶o̶ no paran de padecer. Y, cuando parece que todo se va a solucionar, viene alguien y lo j̶o̶d̶e̶ fastidia.

Sin embargo, los traductores (y no se me ofendan los traductores y me vengan con lo de que hay supervisores y censores y bla, bla, bla… pues con traductores me refiero a todo el equipo) deciden traducir fuck off como date el piro, restando la intensidad de mandar a alguien a la mierda cuando no sólo es lo que dice, sino que es lo que pega, dadas las circunstancias. Dedidí escribir esta entrada cuando leí ¡Oh, vaya! como alternativa a Bloody hell!! Para quien no lo sepa, hell significa infierno y está considerada palabra malsonante. Para los angloparlantes, nombrar el infierno o al diablo, es como nombrarle la muerte a un gitano. Además, el infierno no viene solo, sino acompañado de bloody, que en su significado más literal significa sangriento y, en el menos, jodido o maldito.

En ningún capítulo hay un único perjudicado, pero en uno en concreto están todos como p̶a̶r̶a̶ ̶q̶u̶e̶ ̶l̶e̶s̶ ̶d̶e̶n̶ ̶p̶o̶r̶ ̶c̶u̶l̶o̶ para tirarse de un noveno. En ese en particular es donde creo que más maldiciones seguidas se pueden escuchar. Todos están obligados a hacer algo de lo que creían haberse librado y todos se ven de pronto forzados a volver a lo que más problemas les ha causado durante varios meses. Matt llega a la puerta de lo que en ese momento bien podría representar el cadalso para él y con todo su cuerpo expresando indignación, exclama: MOTHERFUCKER! El ambiente es tal que, sin saber inglés, sabes que se está cagando en todo lo que se menea. Sin embargo, los motherfuckers de los que se encargaron de traducir, disfrazaron a Matt de blandito llegando a su hell particular y diciendo: ¡Me cago en la leche!

En el caso de Sean, por su personalidad, me encaja que ciertas expresiones las maquillen de diplomacia, pero, ¿¡con Matt!? ¡¡ME CAGO EN LA PUTA!!


índiceVoy a ser obvia: voy a escribir una entrada sobre el otoño y la voy a titular Otoño. Porque sí, porque me siento apática, porque tengo los bolsillos llenos de este equinoccio.

Si me preguntásteis años atrás cuál era mi estación favorita, seguro que os dije “el otoño”.  En otros otoños he sido feliz. Recuerdo que Fran (el niño que llegaba a los planetas) y yo nos felicitábamos el año a finales de septiembre, celebrando el año nuevo al más puro estilo hebreo. Otoño significaba renovación, un nuevo comienzo. También significaba la llegada de los coleccionables, pero esa es otra historia.

Cuando me preguntaban qué estación prefería, hacía una clara reflexión y un balance de ventajas y desventajas:

Verano, mucho calor; invierno, mucho frío.

Sólo me quedaban la primavera y el otoño, pero padezco (sí, padezco) una empatía tan fuerte que descartaba la primavera porque no me gustaba ver a mis compañeros ahogándose, asistiendo a clase con mascarilla y perdiéndose los recreos en el patio por su alergia al olivo o las gramíneas, abundantes en la zona donde me tocó vivir. Aunque luego yo no encuentro ni una pizca de esa empatía cuando me toca sufrir mi alergia y escucho: ¿pero de verdad hay tantos cipreses? (leed esta frase como cuando imitáis a alguien que os cae mal). Y elegía el otoño, porque era neutro, porque no hacía daño, porque era siempre comienzo de muchas cosas.

Los buenos otoños eran aquellos que venían tras un verano ocioso. Aquellos veranos que simbolizaban vacaciones, pero vacaciones de verdad, de las de hartarse de ellas y añorar una mínima rutina que te ponga la cabeza y los hábitos en su sitio. Y yo, ya sabéis, cubro cada hueco con una afición, por lo que el aburrimiento me llegaba sólo muy de cuando en cuando.

Pero ahora los otoños vienen desmadejados. Las hojas secas enseguida son hojas secas mojadas y resbaladizas que ensucian más de lo que decoran. La presencia de las setas me asquea y apenas si he tenido tiempo de recuperarme de la paliza del trabajo del verano, que no sólo es más cantidad, sino que pesa el doble sobre mis hombros. La noche es más noche, las diez de la noche son más diez, y los domingos de otoño son más domingos. Y si algún día me aburro en esta estación, no reconozco los síntomas, me da por llorar y me diagnostican cosas sin base científica.

La fruta de otoño es más aspera y, la ropa, ni te digo.

No, no estoy preparada para los otoños, aunque no me acuerde de un año para otro y los reciba con la misma emoción que cuando era niña. No, no estoy preparada, aunque los escaparates de ropa intenten colarme las chaquetas desde finales de agosto.


Hoy he sacado mi caja de Plastidecor de 24 que pedí para mi décimo cumpleaños.

En mi familia siempre nos preguntamos qué nos gustaría para nuestros cumpleaños, regalos de reyes, etcétera. Con respecto a esa costumbre, siempre he preferido escuchar las preferencias en un día cualquiera y tenerlas en cuenta para el día señalado. Pero nos preguntamos y nos contestamos. A veces recitamos una lista interminable; otras, no tenemos ni idea de lo que queremos. Sé de más familias que lo hacen así. Es más, supe de una amiga que me contó que su novio y ella se decían directamente lo que querían para ahorrarse la angustia de andar buscando y la incertidumbre de saber si acertarás o no. ¡Venga, matemos al factor sorpresa! ¡Ahorremos en papel de regalo! ¿Para qué?

En ocasiones, la respuesta va acompañada por un gesto de sorpresa por parte del interlocutor. “¿Y para qué quieres eso?” “¿Pero no tienes ya uno?”

Yo tengo la costumbre de pararme en escaparates que ordenan los artículos por gamas cromáticas, bien sean pinturas, lápices o maquillaje. Y antes vivía con frecuencia el “¿Otra vez?” “¿Pero no tienes ya?” “¿Pero no lo miraste ayer?” “Si luego no los usas.”

Y es cierto, he abierto mi caja de ceras, he visto que en algún momento tuve que reponer el color amarillo porque perdí el original. He podido observar que casi todas estaban usadas, pero conservaban el relieve propio que indica que la punta que tiene es aún la que viene de fábrica. Han pasado 20 años desde que me la regalaron y lo único que hay gastado es la caja y el plástico que las contiene.

No las necesitaba, casi ni las usé. Pero no os podéis ni imaginar lo bien que me lo pasé mirándolas.IMG_5094


He perdido el móvil y eso significa algo más.
¿Cuántas veces hemos oído eso de: “he perdido la cartera CON DINERO dentro”? Yo puedo decir que he perdido el móvil con dos años de mi vida dentro. Lo que importa no es la cartera, no es el móvil, en sí, es todo lo que conlleva su pérdida: buscar, renovar, recuperar, denunciar…

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Tanto plantearme que me lo robaran, como que se me perdiera, me deja perpleja. No soy despistada, ni a mí ni a nadie de mi entorno nos encaja que se me haya caído. ¡Si hasta cuando se me cae un pelo lo oigo! Cuando lo irremediable ya ha ocurrido, asumo los hechos con un “estaba pa’ mí”.

No es, lo puedo asegurar, apego por lo material. Llevar encima un móvil es llevarse a sí mismo a cuestas, en una de esas mochilas con mucho agarre, que no pesan.

Cuando hablé con mi madre, me quitó la tontería del posible apego cuando le dije “yo tenía un móvil” y me contestó “ya… y yo tenía una madre”. Y se relativiza todo.

Pero, ¿qué supone hoy en día perder un móvil?

Con él se fueron fotos, conversaciones y recuerdos que, como lo último que pienso es que va a dejar de estar conmigo, a veces no guardo en el portátil que, por otra parte, también podría fallar. Afortunadamente, tengo la cabeza en su sitio y no había nada comprometido, pero símplemente el hecho de sentir que mis payasadas estaban en manos de un desconocido, hacía ya que me sintiera desnuda. Lo superé pronto: esta soy yo, no tengo nada de qué avergonzarme. Yo no he entrado en tu casa, has sido tú el que ha mirado por la cerradura de la mía. Algunas fotos y vídeos se quedan allí, o en la nada, para siempre.

Según iban pasando las horas, y tras asumir que no lo iba a encontrar, iba notando cómo tengo el cuerpo acostumbrado a gestos que ya son involuntarios cuando quiero consultar la hora, cuando quiero dejarle un beso a él, cuando tengo alguna duda en la cocina o con algo relacionado con mi trabajo, cuando quiero llenar el silencio de mi casa con música, cuando necesito consultar el tiempo por si lavo hoy o mañana las sábanas (soy de las que tienden al aire)… Me di cuenta entonces de que no tengo relojes en casa. Mi hermano me regaló uno grande, muy yo, que espera en un cajón a que tenga residencia fija. El año pasado compré uno pequeño que me recordaba al recordatorio que mi madre encargó para mi comunión, pero estaba sin pilas desde hacía meses. ¿Cómo me iba a despertar al día siguiente? Mi móvil era también mi alarma. La primera y la segunda. Me di cuenta, además. de lo que es que se paralice el mundo porque me llamaban al fijo: apagar el fuego, levantarme del sofá, dejar una ficha a medio corregir, el bocado en el plato…

Mi móvil era mi calculadora, mi agenda, mis citas para el médico; mi lista de la compra – la libreta al final siempre me la dejaba en casa – ; mi calendario menstrual – aunque ahí no necesito recordatorios, pues mi menstruación llama a la puerta con objetos punzantes… pero llevar la comparativa de síntomas y el control del peso me dan tranquilidad -. Era mi contacto con el mundo, mi salir más allá que de mi casa al trabajo. Hablar con gente a horas a las que no las llamarías. Mi libro de direcciones, mi juego de palabras favorito en una nota entre otras que dicen naranjas de zumo o, martes 28 a las 17:30 o, rebeca azul o, 17 docentes. Mensajes inconexos que sólo tienen sentido si los leo yo.

Mi móvil tenía las capturas de pantalla de nuestras coincidencias, fotos para publicar o enviar en días concretos a personas determinadas, los vídeos de mis playbacks de sola en casa, mis contactos desde hace siete años; aplicaciones que nunca he usado, mi Flappy Arturo, porque nos gusta hacer cosas con nuestras cabezas; canciones que no sé cómo llegaron hasta ahí, alarmas para despertares físicos y mentales, redes sociales que me mantienen activa (viva ya estoy).

Sin mi móvil he sabido que mi ordenador va más lento de lo que parecía ir cuando no me hacía tanta falta, que lo estoy haciendo bien, que no he perdido el tiempo. Me he evaluado y he medido el tiempo que le dedico a todo. Pensé que la conclusión sería que ganaría algunos minutos al dedicárselos a otras cosas pero, para mi sorpresa, tardo más que antes en hacer todo al tener que buscar por otros medios las cosas que antes tenía en una misma pantalla.

Si bueno ha sido descubrir que no había espacios desaprovechados en mis horarios tan agitados, mejor ha sido saber que, sin móvil, mis hábitos no son más sanos, tampoco mis posturas ni mi salud. No salgo más a la calle, ni me duermo antes. No leo más. No quedo más con mis amigos.

Y es por eso, porque he descubierto que puedo pasar sin él, que ya me he comprado otro.


En el post anterior hablaba, entre otras cosas, de cómo la alergia al ciprés no me había dejado darlo todo en un evento muy importante para mí. Desde hace varios años, no me deja darlo todo ni en los importantes ni en los cotidianos.

Los alérgicos de invierno sufrimos no sólo los síntomas de otras alergias más reconocidas, sino la incomprensión y falta de empatía de los demás por puro desconocimiento. De hecho, la información que encontraba en internet al respecto, hasta ahora, ha sido muy ambigua e incompleta.

En 2007 me hice por última vez las pruebas de la alergia. Me las he tenido que hacer durante toda mi vida para ver si damos con la causa de un problema cutáneo (hoy en día resumido en dermatitis atópica, que es todo y nada). Ese año, por primera vez, era alérgica a los ácaros, las gramíneas y el ciprés. No le hice caso, no los notaba, ni pensaba estar pendiente de ello.

Por aquel entonces y desde hacía años, solía juntarme con unos amigos por carnaval y uno de ellos reparó en que todos los años por esas fechas estaba resfriada. Era cierto, pero aún no era grave. Fue agravándose con el tiempo, hasta el punto de ir cada invierno a la consulta para tratarme un resfriado que no tenía. Mi amigo, que no sé cómo lo sabía, me dijo que mirara si tenía alergia al ciprés. En una consulta privada me lo confirmaron. En la pública (con la que generalmente estoy contenta) se limitaban a suministrarme medicamentos para el resfriado.

La diferencia con un resfriado, es que no hay “malestar general”. Los síntomas, aunque variables en cada persona, son los mismos que los de un resfriado, a excepción del malestar. Sí es cierto que a mitad de la tarde, sientes la pesadez de llevar todo el día peleando por una bocanada de aire, pero se nota la diferencia con un constipado.

Mis síntomas en particular son: estornudos, congestión, picor en el paladar, ronquera (sin dolor), dolor de cabeza, sensación de opresión en el pecho y, a veces, fiebre. Lo que más acuso es la sequedad, aunque el moqueo es continuo, noto la nariz, la garganta y los ojos muy secos. Para todo pongo remedio, cada cosa requiere sus cuidados. Los antihistamínicos amainan los síntomas, pero no hacen que desaparezcan. Además, yo tiro de propóleo para la garganta (descansando una semana de cada cuatro y dejándolo por completo los meses de verano) y suero para los ojos (¡Ojo! Que no te lo vendan a precio de gasolina). Avamys (pulverizador nasal) es el milagro contra la congestión, pero a veces tengo que dejarlo de lado y echar mano de Rinobanedif, una pomada nasal con actividad antiséptica, antiinflamatoria y vasoconstrictora, en definitiva, una pomada a base de vaselina que lleva eucalipto.

Con respecto a la incomprensión, cada año es la misma cantinela. Más de una vez me han dicho “¿alergia ahora? ¡Si no es primavera!”. Alergias, haberlas, haylas todo el año, que unas sean más comunes que otras, es otra historia. Otro de los chascarrillos es: “¿Al ciprés? Pues no vayas al cementerio?”. Los cipreses están por todas partes, no los busques únicamente desde abajo, mira también hacia arriba y los verás en cada parque, en cada urbanización nueva, en cada chalé… los cipreses no sólo son los árboles, también son los setos. Existe una veintena de variedades y se han puesto de moda. Lo que hace que cada vez haya más gente aquejada de alergia a las cupresaceas no es, como leí en algún sitio, que no sea una especia autóctona (¡menuda idiotez!), sino el hecho de que haya aumentado la cantidad de estas plantas en todas partes. Cabe añadir que el periodo de polinización de los cipreses va desde noviembre hasta marzo, siendo su momento cumbre entre enero y febrero. Por lo que el término alergia de invierno no es demasiado preciso.

De entre todos mis conocidos (pero todos, todos) sólo conozco a una persona que la padece (¡Hola, Enrique! ¡Ánimo!) y nos permitimos saludarnos con desgana en invierno, porque sólo nos queda comprendernos entre nosotros. En mi investigación por las redes, porque a veces encuentro más información en twitter que en cualquier otro buscador, me encontré con un tweet de la periodista Helena Resano de enero del año pasado en el que decía que la alergia la acompañaba al trabajo. ¡Ya queda menos, Helena! Otra que la padece es @Sylvi_CV (aunque creo que lo suyo es un surtidito de todo lo que dé alergia) ¡Vamos, que con esta también podemos!

Supongo que este post lo he escrito más para mí que para nadie, por mi propio consuelo y, de paso, si sirve para que se nos crea, que es cierto que no es grave, que no es enfermedad, pero estamos fastidiados durante mucho tiempo. Quizá no se cure con comprensión, pero, ¿a quién no le ayuda un abrazo o que entonen el Soft Kitty para nosotros?


Desde 2010 resido en un pueblo que no es el mío, adonde vine a formar una familia (aunque sólo fuera de dos). Hoy, cuatro años y medio después, con mi plan inicial malogrado, sigo aquí, desenvolviéndome como una más por los enredos culturales que me ofrece mi lugar de residencia. En cuanto supe que el municipio contaba con un grupo de teatro local, no dudé en hacerme socia, pero fue ese un año de poca novedad, manteniendo activos espectáculos de otros años. Busqué y encontré y, allá donde encontraba, sonaba el eco del mismo nombre: Nono Vázquez. Con la representación de la primera obra en la que salí allí, él tuvo la primera referencia sobre mí. No era con una agrupación, era una obra benéfica de una cofradía (sin ser yo nada de eso) en la que estaban todos los que eran amigos míos en calidad de “novia de” (algunos, muy pocos, los suficientes… supieron serlo también después, ya como individua, gracias por tanto). De aquello me llevé mi primera experiencia en unas tablas que beso, y también una sensación de aspereza al no aparecer mi nombre en la dirección, que era lo que más ilusión me hacía, ya que fue mi primera vez. Pero si alguien, pasados los años, quiere disculparse, que lo haga con mi madre, que le dolió la ausencia de mi nombre antes, y probablemente más, que a mí. Así como tampoco me tuvieron en cuenta a la hora de agradecer a los colaboradores desinteresados, un evento del que salí llorando y no era de emoción. Pero haber estado en el escenario con ellos, hizo que Nono supiera de mí por primera vez. Semanas después, tuvimos ocasión de saludarnos. Si no fue antes, fue porque habíamos estado buscándonos en círculo. SONY DSC          Unos meses más tarde, recibí un correo desde la asociación: alguien buscaba actores para una representación multidisciplinar. Por supuesto, dije que sí. Cuando llevábamos unas semanas ensayando (tal y como ya sé que se ensaya con Migue), nos quedamos sin protagonista. Volvió a sonar el nombre en mi cabeza, pero no quería proponer a nadie a quien no conocía ni podía avisar personalmente. Sin embargo, pasó. A los pocos días, quedando dos semanas para la representación, Nono Vázquez se ponía en la piel de Beethoven. Debo reconocer que aquello tomó otro color, se fueron fijando conceptos y movimientos y, por nuestra parte, algo más. No hubo tiempo para lazos, cuando pudimos tomarnos unas cañas, el estrés de aprenderse el texto en tan poco tiempo, acabó con un Nono febril en cuanto aplaudió el público. IMG_3116 Pero llegó el verano y un e-mail. Nono, molesto consigo mismo y disculpándose por proponerme como segunda opción, me ofrecía un papel en una obra que él mismo dirigía: El Sí de las Niñas. Obviamente, le di el sí. Fue ahí donde empezó todo, una amistad sana, con más cosas en contra que a favor, lo que la hizo más fuerte. Meses después estábamos preparando un cuentacuentos para la guardería donde estaba su hijo, a quien adoré desde antes de ese día, pero fue ahí cuando me di cuenta de que era mutuo. IMG_0345 Desde entonces, las tardes de café y karaoke, los momentos de charla en el Casablanca, eran continuos. En 1012, cuando pude pronunciar un NO en alto y tajante a la vida (poco) sentimental que estaba llevando, él fue la única persona que supo estar a la altura de las circunstancias. Nono, a mí sí que me va a faltar vida para agradecerte que recogieras mis lágrimas esa noche. Nunca había llorado con toda la boca delante de nadie, del mismo modo que nadie me había enseñado a DSC02515actuar con todo el alma. Para ese año ya tenía otra preparada: escenas de Don Juan Tenorio para el día de los difuntos, en el lugar donde más a gusto me siento, después de mi casa: el Casablanca. Al año siguiente, otra obra con él: Farsa y Licencia de la Reina Castiza, con Esperanza Teatro. Y tras un año dejándonos un poco en paz por diferentes circunstancias, a finales de 2014, 401296_10152762831855611_1328470819_nNono me da una noticia: lo habían propuesto como pregonero del carnaval de su pueblo. No podía sentirme más orgullosa de mi amigo, no podía parecerme más justa esa mención. Acto seguido, me dijo su propuesta de pregón, pensaba hacerlo cantado. Iba a preparar todo el repertorio de un día de concurso: presentación, dos pasodobles, dos cuplés con su estribillo, y popurrí, con música que su comparsa había sacado en diferentes años. Y, para colmo de sorpresas, contaba conmigo para hacerle alguna voz. “Pero yo no sé cantar, Nono.” Y eso es algo que puedo decirle a todo el mundo menos a él, para quien soy una todoterreno con un par de huevos enormes. Y es cierto, yo no sé cantar a dos voces, no tengo oído, no sé proyectar la voz… pero no cesó en su empeño. Ensayamos todo lo que pudimos en unos días en los que todo eran complicaciones. Yo, personalmente, sufro en estos meses los estertores y la ronquera de la alergia al ciprés (¡esa gran desconocida!) y eso no es lo más grave que estaba ocurriendo entre los que colaborábamos… Era su momento, sabía que para él era importante tenerme allí, podía contar con otras personas y no lo hizo. Pero también sabía que todo aquello era suyo, de él y para él y no se lo quería estropear. 10371455_859484160782598_2325149355503043663_nA la satisfacción de que contara conmigo, hay que sumarle el hecho de que me mezclaba con gente muy especial para él: su hermano y amigos suyos de toda la vida. Reencontrarme con Raúl Vázquez, fue un gozo tremendo. Siempre lo he admirado en secreto. No puedo describir lo que es volver a hablar tranquilamente con Jose Luis Hinojosa, refugiarme en uno de sus apretones de mano y disfrutar de una de las sonrisas más honestas. Sonrisa, que también tiene Jesús, su hermano, a quien no conocía y con quien creí sentir los tambaleos de un flechazo inevitable. Y Maribel, que me dio la confianza que necesitaba para, al menos, hacer la parte del repertorio que ella había podido oír, la misma que me hizo sentir especial al pedirme opinión sobre lo que había escrito ella para la presentación. Reconozco que no estuve muy expresiva, limitada por mis toses y el sueño que dan los antihistamínicos, pero ojalá la vida nos vuelva a juntar para más momentos así, aunque sólo sean parecidos. 10922797_859484107449270_1135665887194919484_nEntre el público me encontré con caras conocidas y desconocidos que me tocaban y me llamaban por mi nombre mientras cruzaba la sala hasta el escenario. Caras que no olvidaré con nombres que no recuerdo. Y, a los que pude saludar después, los que me dejaron sus impresiones: Lucía, Manolo(s), Bea, LopeCarlos Hinojosa, que dejó de ser mi alumno para ser mi alcalde (y amigo) y Nuria Morcillo, que podía haberse librado de esta, pero quiso acompañarme; a quien últimamente miro antes de salir al escenario, porque su cara relajada y a la vez expectante, hace que me sienta segura. Nuria, sábelo, tienes la mirada propia de familiar de artista, gracias por venir. Después de un pregón fugaz, en el que lucimos los colores que, con prisa y acierto, nos puso Raúl Montoya, pudimos alargar el momento un poco más. Unas horas más para disfrutarnos ya sin prisa, donde también se unió Pablo J., haciéndolo todo más cercano aún, como siempre que podemos, en el Casablanca. Y, para colmo, un día después, cuando los mensajes emotivos de agradecimiento son los que te llenan de notificaciones el grupo de whatsapp en cuestión, recibimos la noticia de un alta médica del que todos habíamos estado pendientes (¡A recuperarse del todo, familia de luchadores!). No se me olvida, lo he dejado intencionadamente para el final. Entre idas y venidas, entre confidencias y proyectos teatrales, pude contar con el apoyo de Mari, quien para mí dejó de ser “la mujer de Nono” para pasar a ser mi amiga, ayudándome con su apoyo incansable en mis oposiciones, animándome en todo, diciéndome sí a un día de compras en otra ciudad, ofreciéndome su casa, el calor de los suyos e invitándome a su mesa algún que otro domingo. Todo esto, en el pueblo en el que vi truncado mi plan de formar una familia, pero donde me encontré formada una preciosa que siento mía. Infinitas gracias a todos. SONY DSC



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