Archivo de la categoría: Amor

Como ya dije una vez, soy lectora de ADV. En esta web, usuarios anónimos exponen qué es lo que hizo que ese momento, esa semana, ese mes, año o vida no fueran como ellos esperaban.

Los temas más comunes son los estudios, la familia y el sexo. En el post en el que la mencioné por primera vez, hablaba del premio a la ignorancia, de la (no) importancia que se le da a los estudios y a tener inquietud por aprender. Hoy, abarco los otros dos temas: familia y sexo.

Hace tiempo que leo a hijos juzgando a sus padres, avegonzándose de ellos porque les han pillado haciendo alguna cosa.

“He pillado a mi padre viendo porno.”

“Oigo gritar a mis padres cada mañana mientras yo sigo virgen a mis 25 años.”

“He encontrado un consolador y sólo puede ser de mi madre.”

“Mis padres esconden películas porno y condones de sabores.”

Normalmente, estas publicaciones acaban con “y no sé cómo mirarles a la cara.”

Pero, ¿cómo crees que estás tú en el mundo, desgraciao? ¿Quiénes somos para juzgar lo que hacen nuestros padres? Y, sobre todo, ¿quiénes nos creemos que somos para censurarlos? ¿Ser padre ya te quita la posibilidad de disfrutar del sexo (y de la vida)? ¿Ser hijo supone que “yo sí, pero mis padres… ¡puaj!”?

Pocas cosas habrá más bonitas que el hecho de tus padres sigan amándose y dándose placer. Eso sí, yo prefiero no saberlo, lo mismo que intuyo que ellos no quieren saber mis cómo, cuándo, ni con quién…

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Hace tiempo tenía una conversación con una amiga a la que la gente del grupo con la que salía la molestaba diciendo “tu hermana ya folla”. Ella siempre ha querido proteger a su hermana pequeña de todo pero, por aquel entonces, ella ya era una jovencita que salía, bailaba y bebía, y ni la primera ni la última parte las llevaba mi amiga del todo bien. Me explicó y la entendí: “También sé que mis padres follan, pero no quiero enterarme.” Y es que hay cosas obvias que no tenemos por qué saber.

Pero una cosa muy diferente es pensar en cómo mirarles a la cara, “¡oh, dios mío, mis padres disfrutando! ¿Qué hago yo ahora? Dejaré de hablarles hasta que recapaciten…”

¿Por qué no mejor nos distanciamos y pensamos que antes de padres son personas? Con sus deseos, sus pasiones, sus secretos… Y que nosotros, como hijos, tenemos mucho que aprender o, como poco, todo que asumir y mucho que respetar.

Y asumir también que ellos, afortunadamente, también tienen sexo.

Llámalo como quieras: copular, fornicar, tener sexo, hacer el amor, follar… para que lo puedas hacer tú, tuvieron que hacerlo antes tus padres. Si te avergüenzas de ellos por eso, empieza por avergonzarte de tu propia existencia.


Mirar el historial de alguien es peor que leer su diario. En realidad, la gente ya no tiene un diario personal y, quien lo tiene, no da tanta información como lo hace el rastro que dejamos en el ordenador.

Ni siquiera estaba hurgando en la vida de nadie. Sólo miraba de pasada en el portátil que compartía con mi pareja.

“Frases de ruptura para facebook”.

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Esa fue una de las búsquedas que me encontré mientras consultaba el historial del día anterior para volver a una página web que había olvidado marcar como favorita y de la que no recordaba el nombre.

Citas de desamor, frases de desengaño, refranes… serpentinas de desencanto, guirnaldas de  aborrecimiento para decorar el muro de facebook. Y todo, porque no hay un simulador al que pedirle que diga por ti “frases de ruptura para Eva” mientras suena una música apaciguadora y te suministran clínex por el puerto usb. Algo que le dé un sentido a frases como “no eres tú, soy yo”, y decirlas de manera que se entienda bien que “no eres tú” a quien quiero, que “soy yo” que, simplemente, ya no te deseo, pero me faltan huevos.

Ese día entendí que me tocaba a mí acabar con esa relación. Pasaron días en los que a veces, de manera poco convincente, me preguntaba a mí misma si la búsqueda no habría sido de otra persona o para otra situación. Mis interrogantes me proporcionaban la misma falsa tranquilidad que da un reloj atrasado. Crees que aún te queda tiempo cuando en verdad ya nadie te está esperando, porque lo que sea que piensas que va a ocurrir en tus próximos seis minutos, ya hace dos minutos y cincuenta y tres segundos que ha empezado para el resto de la gente.

La determinación ha de ser firme. La carrera de kamikaze no incluye prácticas.


Desde las alturas se veía seductor.

Alzaba el brazo para probar, palpando, cuál era la mejor de todas. Yo aún era de las más pálidas. Pasaron varias semanas hasta que vi de cerca el hueco de su mano. Sus dedos se posaron sobre mí, yo ya no sentía mi peso. Era, de alguna manera, un alivio. Nadie me había tocado antes. Cada vez se me hacía más difícil sostenerme y más de una vez pensé que me dejaría caer, cansada, como ya lo habían hecho otras. La tierra apagaba sus voces y yo no alcanzaba a escuchar si era, o no, mejor destino. Arrullada en una de sus manos, noté cómo hacía presión con sus dedos sobre mí. Un giro, un tirón. Y yo ya no era yo.

Feliz de haber sido elegida, desprendida de mi sustento, me dejé mecer sintiendo el calor de su piel con mi piel. Dormitaba, sonreía… sí, también sonreía, las manzanas no sólo nos sonrojamos.

Sumida en el placer de sentirme valorada, fui dejándome amarrar, como si fuera una elección que yo misma hubiera hecho.

Él me miraba, me acariciaba, exhalaba su aliento cálido sobre mí y me frotaba, a veces con su camiseta; a veces, con su pantalón.

No pasó mucho tiempo hasta el primer bocado. Le gustó a él más que a mí. Me gustaba darle placer, pero necesitaba defenderme, teñir mi carne jugosa de algún color para protegerla. Fui mengüando, fui perdiendo fuerzas, mientras él me sostenía con ímpetu, entre la boca y las manos. Ya había pasado todo cuando miró mi corazón desnudo por última vez. Sorbió algo más del jugo y me lanzó con fuerza hacia ninguna parte.

No me dio las gracias.

Un perro me olisqueó. Unos niños jugaron a darme patadas durante más tiempo del que podía soportar. Fui dejando un rastro de lágrimas en todo el recorrido, pero a nadie le importaba. Sólo al perro, que las lamió hasta no dejar huella.

Cada vez más consumida, me fui dejando llevar por el viento, por algún animalillo, por alguna patada de quién fuera… hasta ningún lugar.

Sólo quería que me tragara la tierra. Y un día ocurrió. Casi cuando ya no tenía cuerpo que proyectara sombra alguna, yacía en mi no-lugar esperando no sabía qué. Y empezó a llover. Mi sequedad a la intemperie se convirtió en oscuridad húmeda, protegida al fin. Volví a sentir que me acariciaban, esta vez, de verdad. Me acariciaban y acariciaba yo. Noté que empezaba a cambiar, que me empezaba a sentir fuerte, más enérgica y viva que antes.

Pasaron meses y vi la luz. Broté lo justo sin saber que ya era inevitable, que el movimiento era únicamente hacia adelante. La lluvia volvió a mimarme varias veces más. Tantas, que ya voy desperezándome, estirando brazos y dedos y adornándome con otros matices. Creciendo, sintiéndome bella, querida, cuidada, libre.

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