Archivo del Autor: Eva_Zeta

Me quedo la suavidad y el gusto. 

La curiosidad por descubrir sabores nuevos en restaurantes y en la piel.

La lengua rota.

Los temblores.

Los abrazos ortopédicos en los que solo encajan nuestros cuerpos.

Tu gestión de mis pijamas.

Las canciones, las frases en clave y el piropo a una lata de sardinas.

Los suspiros en los centros comerciales.

Las miradas reprovatorias de los viandantes.

El mando a distancia que nunca pulsaste.

Los reencuentros en la estación.

Las 6 a.m.

La vida en bragas.

Mi huída de las cámaras que te buscan.

Me quedo Córdoba y mis contraseñas de lugares y fechas.

Tu sofá para sentarme en el suelo.

El exceso de almohadas.

El parque de los almendros.

Los almendros del parque.

Tu elección de mi menú.

La extravagancia de nuestra pizza favorita.

El agüita.

Las sombras y los reflejos.

La lectura en vacaciones.

Las terrazas.

Los silencios; los creativos y los otros.

Los “claro que sí”, los “a por ello”.

El derecho a estar triste.

Los “te tengo que traer”.

También los que no ocurrieron.

Hacer planes, aunque no salgan.

Me quedo un poco en ti y tú un poco en mí.

Me voy, pero me quedo. 


  • Eva, ¿cuándo vas a explicar lo que te haces en las pestañas?
  • Cuando pase un año o así, ¿no?

Y un año y dos meses después, aquí estoy.

Las pestañas nunca han sido prioridad. No tengo la paciencia ni la energía para maquillarme cada mañana, aunque reconozco que mis ojos se ven mejor con un poco de máscara, ya que de manera natural no están tan bien definidos y marcados como con algo de ayuda artificial. Pero es parte de lo que soy y lo tenía asumido.

En enero de 2018 quedé con Patri, una seguidora-seguida de Instagram. Estábamos cerca y llevábamos un tiempo hablando y haciéndonos gracia. Nos desvirtualizamos. 

  • ¡Vaya pedazo de pestañas, tía!
  • ¿¡De verdad!? 

Una persona que tiene los ojos grandes y bonitos o que destaca por sus pestañas largas y/o frondosas, está acostumbrada a que se lo digan. A Patri le sorprendió que se lo dijera y a mí que le sorprendiera. Me enseñó fotos del antes y del después y la marca de un producto que estaba usando.

Entre eso y otras cosas, esa noche hice un buen repaso en Amazon de todas las cosas que me recomendó.

En Amazon costaba menos que en la página oficial. Aunque tuve mis dudas por algunos comentarios que aseguraban que el producto de Amazon era una imitación y dañaba los ojos, al mirar la composición de ambos productos vi que todo coincidía. Por una diferencia de precio de unos 10€ y sin confiar del todo en que funcionara en mí, compré el producto de forma “extraoficial”. El packaging también era igual. De hecho, habiendo comprado después el original, no hay ninguna diferencia ni en el producto ni en el envase (última foto de la siguiente galería), tan solo la presentación, pero las dos versiones que yo he probado tampoco coinciden con los envases que Patri conoce. 

A las dos semanas de usarlo ya lo noté, pero creía que estaba sugestionada por las mismas ganas de que sirviera, ya que me resultaba bastante caro, aun habiendo comprado la versión barata. Por suerte, había hecho la típica foto para usarla como el “antes”.

En la primera foto, podéis ver cómo eran mis cejas y pestañas poco después de la conversación (antes del tratamiento). En la segunda foto, vemos la notable diferencia en solo un mes (las fechas no mienten si observamos la herida del golpe en la nariz que me di al cerrar el maletero rumbo a Cieza para el puente de Andalucía – y El Mole lo sabe) y, por fin en la tercera, el crecimiento a los tres meses de tratamiento.

  • ¿Qué hace Xlash?Básicamente retrasa la caída de las pestañas. Para quien no lo sepa, las pestañas están ahí aproximadamente 6 semanas. Después se caen y salen otras. Este serum retrasa esta caída lo que provoca que sigan creciendo durante más tiempo y, además, las fortalece.
  • ¿Por qué usarlo? Hay quien ha perdido las pestañas debido a algún tratamiento y quienes, como yo, las tenemos claras y cortas. Tenemos que tener muy en cuenta que el producto es para los ojos, así que deberíamos considerar nuestras alergias y sensibilidades y dejarnos de tonterías a la mínima reacción. Al principio de utilizarlo observé un cambio de color (¿debido al estracto de Corallina officinalis?) en mis párpados que incluso fue perceptible para algunas de las personas que me conocen desde hace mucho tiempo y se aprecia en las fotos. No me preocupó, no tenía ninguna molestia, solo coloración, que aún sigue y, siendo sincera, creo que incluso me favorece. 
  • ¿Cómo se usa? Se aplica como un eyeliner, sobre la línea de las pestañas. Yo aproveché que daba resultado y probé en las cejas, que las tengo pobres y débiles. Como funcionó, en la siguiente compra incluí el serum de cejas. Es el mismo producto, pero con brocha diferente para poder aplicarlo mejor. 
  • ¿Dónde se compra? XBeauty es la web oficial, donde compré un pack ahorro incluyendo el formato para las cejas que, aplicándolo un día sí y otro no, a día de hoy aún me duran. Llevo 9-10 meses con el pack, teniendo en cuenta que son dos productos y que el mantenimiento no exige la aplicación diaria, en comparación con el primero, me está durando mucho. La primera compra fue en Amazon, pero he vuelto a ver ahí nada de Xlash. Si haces la búsqueda, saldrán unos productos primos hermanos de este que, si alguien prueba con buenos resultados, ruego me informe en los comentarios de este post.

Cuando llevas tiempo usándolo, los resultados dejan de parecerte tan escandalosos como la primera vez, hasta que revisas en tu carpeta multimedia y ves diferencias como en estas fotos (sin maquillar) tomadas en febrero y junio de 2018 respectivamente:

O estas, con máscara de pestañas antes y después de usar el serum:

Así que, si os lo podéis permitir, probadlo y contadme.


Primer domingo de marzo y primera gilipollez inmunda.

La primera referencia del conocido como “cheese challenge” es de noviembre de 2018. Un usuario de Twitter le lanza una loncha de queso a su hermano y lo sube a las redes.

Desde ayer, bajo el hashtag #cheesechallenge (también puedes buscar “tranchete + bebé”) se puede ver cómo se ha repetido esta práctica con bebés hasta el punto de hacerse viral.

¿Qué necesitas? Un bebé (preferiblemente tuyo), una loncha de queso, una cámara, cuenta en una red social y ansia de likes y comentarios. También pocos escrúpulos, a mi parecer.

No deja de sorprenderme la cantidad de tonterías que se hacen justificándolo de “challenge“. Como el #InMyFeelingsChallenge del verano pasado que ponía en riesgo la seguridad vial y dejaba actuar a la selección natural con los perpetradores que tenían los santos cojones de bajarse de un coche en marcha y ponerse a bailar en la vía pública mientras alguien grababa desde dentro del coche. Una mili challenge os daba yo a todos.

Y, como todo reto, algunos se parten de risa con lo absurdo y a otros nos da vergüenza ajena. En mi caso, además, acompañada de algo de compasión por la indefensión de la víctima del “cheese challenge”.

Los defensores dicen que no es para tanto, que es divertido. Incluso he leído a alguien que decía que se trata de la complicidad padre-hijo. No sé qué complicidad sienten esos bebés que miran, con el ojo que les ha quedado libre, al cretino que le lanza la loncha de queso para que se le pegue en la cara. La mayoría de los vídeos que he visto son bebés de pocos meses que se llevan un susto y se quedan paralizados o empiezan a hacer pucheros. Solo uno, algo más mayor, sonríe (con todos sus dientes) cuando se le pega el tranchete y ve que quien se lo lanza rompe a reír. Si la otra persona se ríe, la broma ha sido un éxito.

Partiendo de la base de, como dije antes, la indefensión de la víctima, la broma en cuestión es bastante abusiva. Avanzamos y hablamos del derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen de los menores que no han elegido estar en la pestaña multimedia de unos progenitores descerebrados ni de los muros y timelines de los que comparten, retuitean y citan diciendo “me ahogo”, “llorando”, “LOL”… 

Pecamos de confundir humor con escarnio y este reto tiene más de lo segundo que de lo primero.


Hace dos años y poco que me hice uno de esos cambios que se notan: me corté la melena. Y, desde entonces, no he podido dejar de hacerlo por necesidad. En estos dos años, he dado una imagen equívoca de persona a la que le gusta cambiar de look. Nada más lejos de la realidad: me aterran los cambios, tanto de tipo de corte como de color – de lugar de residencia ya hablamos otro día -.

#Mechonesolidarios

Yo siempre me he identificado con el pelo largo y natural. Antes de esta vez de la que hablo, solo lo había llevado corto en una ocasión y alguna que otra vez aporté un poco de luz con unos reflejos. Ese fue todo mi atrevimiento en 30 años.

¿Qué pasó entonces? ¡Me quemaron el pelo!

Recuerdo ir a la peluquería con algunos mechones bastante ásperos y ese era uno de los motivos – aunque el más importante es muy personal – por el que fui decidida a sanear. Claro que, para sanear algunos de los que están más cortos, por corte y por posición, no podrían no hacerme capas… ya empezamos mal. ¡Qué manía con desmontar!

“Te repaso luego un poco con la navaja”. De locos. “Y ponme unas mechas”. ¡Me mato!

Así empezó el desastre con el que llevo lidiando hace ya más de dos años.

¿Qué pasó? No lo sé. Pero al lavarme el pelo, si lo peinaba en húmedo, se deshacía porque se volvía elástico y se rompía. En seco, era áspero y difícil de dominar. Cada vez que me peinaba, volaban mechones por el aire y el lavabo parecía una pintura abstracta.

Cuando el pelo se pone así, por muchos productos que uses, solo se arregla cortando. Dada mi inseguridad con los cambios, lo hice de manera gradual. Perfectamente iba notando cuándo necesitaba cortarlo otra vez porque ya no podía manejarlo.

Aparte de cortar cada dos o tres meses, mantuve el pelo todo lo hidratado que pude con aceite de argán para hacer más fácil el peinado y evitar que se rompiera más. Evitaba también peinar con el pelo húmedo e intentaba recogerlo suavemente cuando hacía viento o llovía. Y, por supuesto, evitar usar la plancha y, siempre que el clima lo permitió, le di de lado el secador. También probé la henna quinquina y me fue bien. Pero nunca ocurrió un milagro ni con acondicionadores ni con mascarillas ni con suplementos alimenticios. El cabello se nutre desde dentro, desde fuera solo lo maquillas. El pelo que iba naciendo salía sano, así que no necesitaba más que paciencia para esperar a que creciera y poder cortar lo que afeaba al conjunto.

No exagero si digo que lo probé todo: aceites, champús sin sulfatos, mascarillas, trucos caseros… Pero al final lo único que valió fue cortar y cortar. Han sido dos años de cambios. Meses de gastar dinero en cortes – algunos más perceptibles que otros – y productos para disimular el desastre. En los blogs de gente que había pasado por lo mismo tampoco arrojaban mucha esperanza, pero encontré a quien hablaba con un poco de positividad aunque solo fuera porque se divirtió cambiando un poco. Y, dos años después, tal como hago yo, vino con su melena midi para contarlo.

Diciembre 2018


Desde hace tiempo, el 20 de enero es una de esas fechas que recuerdo. Ni siquiera ocurrió algo extraordinario, pero tiene canciones y poemas que me llevan a otros momentos de mi vida, porque fue un 20 de enero cuando sentí por primera vez que no pasaba nada por ser espontánea, sobre todo cuando nadie te espera en casa.

Había una gata a punto de parir merodeando por debajo de las mesas de una cafetería de Plaza Einstein en la que no debía haber entrado – la gata, digo – mientras yo decía “sí” a un viaje que no debía hacer, pero hice y salió bien. Ese año vinieron todos los vértigos juntos: el de las primeras facturas, el del primer amor (no, pero de verdad), el de la frustración, el del descontrol, el de la toma de decisiones sin consultar, el de bañarme de madrugada en una charca, y el de la noche que dormí con botas.

Unos meses después fui yo misma quien recordó a otra persona lo mucho que nos había cambiado ese encuentro, aunque no nos hubiéramos reconocido después, y tarareé “Día de Enero” ante unos ojos chispeantes que vería muy cerca, muchas veces, mucho tiempo…

Te conocí un día de enero
Con la luna en mi nariz
Y como vi que eras sincero
En tus ojos me perdí.

Me parece mentira que haya pasado todo hace ya media vida. Aún recuerdo la calidez de la pana por el envés y la timidez con la que agachó la cabeza cuando me dijo que estaba muy guapa y le contesté: “sé que no, y no pasa nada”.

Aquellos años en la facultad de letras, entre papeles amarillentos y olor aséptico, descubriría a John Keats, uno de mis autores de cabecera y, ¡cómo no! Me transladaba a enero. Si bien fue “La Belle Dame Sans Merci” con quien más me identifiqué (aún no he decidido si como dama o como caballero…), “The Eve of St. Agnes” me llevaba de nuevo a este día (por ser la víspera de la víspera, ¡yo qué sé!). Pensaba a veces que yo sí era capaz de sentir ese amor que Keats dice que nadie siente. Luego sentía que pasaba por la vida de puntillas… como Keats por el Romanticismo. Y que lo que sí identificaba sin lugar a dudas era el desconsuelo. Como Keats.

Y llegó otro enero en el que hice otro viaje que quizá no debía hacer, pero hice. Ya llevaba varios eneros pagando facturas y tomando decisiones sin asesorar.

¡Qué torpe distracción,
Qué dulce sensación!

Era bueno recordar a esa gata preñada que no sabía que no podía entrar a la cafetería y por eso entró. El sentido de lo prohibido nos lo hemos dado nosotros. Yo he jugado a ser la gata (sin gravidez), la Belle Dame (por placer) y el caballero (porque algunas veces me he topado con auténticos Belles Dames, sobre todo sans merci).

Hice ese viaje con Dames que me abandonaron y supe reírme de aquello esa misma noche en la que alguien no sabía que me estaba esperando, pero aparecí. ¡No, joder, fuma! Apagó el cigarrillo al verme entrar y me dio uno de los mejores – y más necesarios – abrazos que me habían dado en meses (fuma, pero no huele, ¡bien!). Temblé y tenía calor. Nos miramos mutuamente como la Belle Dame miró al caballero (and her eyes were wild) y estacionó su coche en una calle peatonal. Entre unas sábanas tibias de hotel recibí un mensaje que sellaba el inicio de otros meses desbocados.

No sé cuántos eneros me quedan por vivir, no sé cuántos meses dura enero ni si vendrán nuevos caballeros, damas o corceles. Lo que sí sé es que enero siempre sube la factura de la luz y amontona la ropa. Y que seguiré haciendo viajes que no debo para llenar de eneros mis recuerdos.



2018 ha sido el año menos fructífero en lo que al blog respecta. Lo he considerado varias veces, pero le he dado importancia muy pocas.

En 2017 hablé con el año como entidad. Tras esa insensatez, hablé conmigo. Me propuse ser consciente de tanto como pudiera y, claro, empecé en septiembre a contar.

El 13 de septiembre de 2017, una llamada renovó mi mundo. Lloré y reí a la vez y preparé dos maletas: la de la última actuación de la temporada y la de vivir mi profesión de lleno por fin. Teatro, master, oposiciones, primera vacante, tutoría, festival de teatro…

Y, arrastrando los pies llegué a 2018, el año que, entre otras cosas, me pasé desayunando.

El año de almacenar bragas en vertical, de tirar las viejas por amor propio y de dejar un cepillo de dientes en su casa.

El año de “no les digas ‘mis niños’, que te encariñas”, cuando ya me llegaba el amor a las cejas.

2018, el año de decir que no me suelen pasar cosas que se vuelven cotidianas.

De “Yo soy Chomsky y aquí están mis cojones”.

De besos en chanclas.

El primer verano con vacaciones de verano de las de verdad empezando por el extranjero más cercano.

De mantener un año más la amistad con Leo, de descubrir la de Inés y de reforzar la de Carmen.

De repartirme, combinarme, desdoblarme y compartirme.

De consolar con consejos de amor que para mí no tengo.

De observar los beneficios del deporte en otros cuerpos.

De proponerme, sin ambiciones, planificar al menos darme un capricho al mes.

  • Enero empezó en un barco anclado en Castilla y viendo el mar a través del orificio de dos llaves de una nueva vivienda.
  • Febrero floreció en Cieza y en Instagram lo saben.
  • Marzo, aventura y cumpleaños en Reino Unido con 33 adolescentes (y 4 adultos con mirada de niños). ¿Quién dijo que trabajar no es divertido? El vídeo DIVERSION, los cánticos infantiles en la catedral, Rupert, Rosa (A.K.A. mi Tata) y nuestros viejitos. Vacaciones en el mar.
  • Abril vino cantando en inglés y como los punkies gitanos.
  • Mayo con mar, cantautores, patinaje y graduación.
  • Junio, visita relámpago a Gran Canaria y una ruta de senderismo que no sé si soñé o viví.
  • Julio: El Prat, durmiendo con felinos, jugando como niñas. Amarillo. Madrid. Portugal. Gracias.
  • Agosto: Mi Camino. Soy 7 veces más fuerte… pero me siguen asustando los fuegos artificiales.
  • Septiembre: Nuevo destino. Incertidumbre. Promesas de frío.
  • Octubre: Musical y espejos en el techo.
  • Noviembre: Sevilla, la casualidad y el humor absurdo.
  • Diciembre: Granada. Alcalá. Vuelta a mi pasado. El fin del daño que nadie ve. Madrid de espectáculos, privilegios, fuegos artificiales a cubierto, despedida y cierre.

A pesar de lo que uno omite en su biografía, de las despedidas, de la pérdida y de tantas cosas que fueron mal, me salió bien.


Va a hacer casi dos meses que hice El Camino de Santiago. Cuando lo digo así, quienes no saben de qué va esto, preguntan: “¿¡ENTERO!?”. El Camino es camino tan incompleto como tú lo elijas. Suma tanto como quieras y haz que sea tuyo.

IMG_9368Hace ya un año que empezó la aventura, cuando en un paseo improvisado, antes de partir una vez más hacia los destinos desconocidos a los que nos lleva la interinidad, nos dijimos que lo haríamos juntas y ambas dijimos que sí. Todavía me sorprende que lo dijéramos, sobre todo yo, que nunca tuve esa idea en mente como algo que tachar de la lista de cosas que quiero hacer en la vida. Pero Carmen sí y, allí mismo, dijo que lo quería hacer conmigo. De pronto se convirtió en algo que añadir en el repertorio de mis objetivos a corto-medio plazo. Un monosílabo te cambia a veces la perspectiva y modifica los datos de tu biografía. ¡Cuánto de verdad habrá en lo que he dicho si consideramos que con un “sí” se acaba casando mucha gente!
Si tienes pensado hacer El Camino, hazlo lo más tuyo posible. Déjate aconsejar, pero toma tus propias decisiones. A través de Carmen y de ellos mismos, recibí las recomendaciones de Sergio y Bego, además de las de Luis y de Juan Diego, que el año anterior lo habían vivido y difundido en sus cuentas de Facebook. Siempre nos cuidan. Por eso atendimos a cada palabra de aquel párrafo en Whatsapp. Y una frase decisiva: “haz tu camino”. IMG_9446En un despliegue de consejos, esa fue la clave. Era una manera de hacernos entender que la experiencia iba a ser nuestra, porque cada vivencia es única, que nos ofrecían un abanico de consejos y que podíamos coger desde todos a ninguno. Pero hay que escuchar a los que han pasado ya por eso, aunque luego tomes tus propias decisiones de acuerdo con tus experiencias previas.

Y una vez hecho, ¿qué me gustó?

  • El olor a eucalipto húmedo. La pisada sobre sus hojas. El confort de mis pies cansados sobre esa maleabilidad después de caminar por piedras o asfalto.
  • Saber dónde están mis límites, aprender a escuchar a mi cuerpo, conocer mi fortaleza.
  • Madrugar sin esfuerzo. Increíble, pero cierto.
  • Las conversaciones sin prisa.
  • Los silencios.
  • Sus “mi camino eres tú” cuando le pedía a Carmen que siguiera su camino porque no le seguía el ritmo.
  • Los espontáneos que se unen a tu caminar.
  • Cenar fruta por placer.
  • Compartir.

¿Qué no me gustó?

  • Las esperas por quienes creen que las fotos son lo más importante. Si no hay foto, no has estado. Si no publicas que haces cosas, es como si no las hicieras. A menudo alguien te ralentizaba porque estaba retransmitiendo sus pasos móvil en mano. En los puentes todo el mundo quería foto. Y no sé por qué, tan de redes como soy yo, preferí vivirlo para mí, para nosotras. Haz tú camino, pero intenta no entorpecer el de otros.
  • La competitividad, porque sí, porque aunque hay pocos, algunos viven de recordarte que otra gente hace más kilómetros, más veces y en menos tiempo que tú. El “stop fake Sarria pilgrims” es parte de esa competición que se olvida de aquello de “la meta es el camino”. Pero vaya, haz el camino que te haga más feliz. Si jactarte es tu objetivo, hazlo, pero es una pérdida de tiempo porque resulta que cada uno está haciendo el suyo y tiene sus propias metas.

El Camino es un intensivo de la vida, solo que este lo has planeado tú. Y ni por esas sale como tú esperas. La vida, ¿no? El Camino exige diligencia, por eso las decisiones han de ser tomadas cuanto antes, porque no tienes tiempo que perder. Aprenderás a identificar y desprenderte de lo que te hace daño, de lo que te pesa; a pararte y respirar, a entender las veces en las que pararse a veces duele y aquellos momentos en los que parar es vital. A comer lo que necesitas cuando lo necesitas, a descansar más durmiendo menos, a soportar el dolor… Sabrás deshacerte con más o menos diplomacia de la gente que no te aporte. Querrás permanecer al lado de los que sí suman. Serás prudente eligiendo quién te acompaña. Y, con suerte, todo esto te lo llevarás como aprendizaje para tu día a día, al que nosotras volvimos con un par de zapatillas menos, una amistad reforzada y una vivencia que alecciona.

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