Me quedo la suavidad y el gusto. 

La curiosidad por descubrir sabores nuevos en restaurantes y en la piel.

La lengua rota.

Los temblores.

Los abrazos ortopédicos en los que solo encajan nuestros cuerpos.

Tu gestión de mis pijamas.

Las canciones, las frases en clave y el piropo a una lata de sardinas.

Los suspiros en los centros comerciales.

Las miradas reprovatorias de los viandantes.

El mando a distancia que nunca pulsaste.

Los reencuentros en la estación.

Las 6 a.m.

La vida en bragas.

Mi huída de las cámaras que te buscan.

Me quedo Córdoba y mis contraseñas de lugares y fechas.

Tu sofá para sentarme en el suelo.

El exceso de almohadas.

El parque de los almendros.

Los almendros del parque.

Tu elección de mi menú.

La extravagancia de nuestra pizza favorita.

El agüita.

Las sombras y los reflejos.

La lectura en vacaciones.

Las terrazas.

Los silencios; los creativos y los otros.

Los “claro que sí”, los “a por ello”.

El derecho a estar triste.

Los “te tengo que traer”.

También los que no ocurrieron.

Hacer planes, aunque no salgan.

Me quedo un poco en ti y tú un poco en mí.

Me voy, pero me quedo.